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hvega
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14 de april del 2004

Los estadounidenses están masacrando a la población civil en Fallujah
Dahr Jamail
The New Standard
Traducido por L.B.

Sabía que había muy poca cobertura mediática en Fallujah, que toda la
ciudad había sido sellada y que estaba padeciendo un castigo colectivo por
falta de agua y electricidad durante varios días seguidos. Dado que sobre
el terreno sólo había dos periodistas cuyas crónicas pude escuchar y leer,
me sentí impelido a entrar y ser testigo directo de las atrocidades que con
toda seguridad se estaban cometiendo.

Con la ayuda de algunos amigos nos unimos a un pequeño grupo de
internacionales y montamos en un enorme autobús que transportaba un
cargamento de ayuda humanitaria, confiando en poder sacar de la ciudad
asediada a los heridos antes del siguiente ataque estadounidense, que se
anuncia inminente.

Incluso abandonar Bagdad es peligroso ahora. Los militares han cerrado la
autopista principal que une Bagdad y Jordania. La autopista, incluso en las
mismas inmediaciones de Bagdad, aparece desolada y sembrada de camiones
cisterna destruidos cuyas humeantes cascarones aparecen esparcidos por
todos lados.

Pasamos al lado de un enorme tanque M-1 que acaba de ser alcanzado por la
resistencia debajo de un paso elevado y que era pasto de las llamas.

En el primer puesto de control los soldados nos dijeron que llevaban allí
30 horas seguidas. Tras cachearnos proseguimos nuestra ruta a través de
carreteras sucias y llenas de baches, avanzando lentamente por varias zonas
de Abu Ghraib y progresando lenta pero constantemente hacia la asediada
Fallujah. Cuando pasamos al lado de una de las pequeñas viviendas de Abu
Ghraib un niño gritó al autobús: "¡ Seremos mujaidines hasta la muerte!"

Avanzamos lentamente hasta la autopista. Aparecía repleta de camiones
cisterna humeantes, tanques y transportes blindados destruidos y un camión
que había sido atacado y estaba siendo saqueado por los habitantes de una
aldea cercana que entraban y salían corriendo de la autopista acarreando
cajas. Era un espectáculo de pura devastación, apenas alterado por la
presencia ocasional de algún automóvil.

Tras salir de al autopista, que los estadounidenses controlaban
peligrosamente, desapareció por completo presencia militar estadounidense y
penetramos en territorio controlado por los mujaidines. Nuestro autobús
continuó su ruta por carreteras rurales y cada vez que nos cruzábamos con
alguien éste gritaba: "¡Dios os bendiga por ir a Fallujah!". Todas las
personas con las que nos encontrábamos hacían el signo de la victoria,
saludaban y levantaban el pulgar.

A medida que nos aproximamos a Fallujah vimos elevarse a lo lejos un
gigantesco champiñón provocado por el impacto de una enorme bomba
estadounidense. Toma alto el fuego.

Los puestos de control de los mujaidines se hacían más numerosos a medida
que nos acercábamos a la ciudad. En uno de ellos, hombres cubiertos con
kefiyas y portando kalashnikovs comenzaron a disparar al aire para
mostrarnos sus ansias de lucha.

La ciudad estaba virtualmente vacía, descontando la presencia de los grupos
de mujaidines apostados en las esquinas aquí y allá. Era una ciudad en
guerra. Rodamos hacia una pequeña clínica donde debíamos entregar nuestro
cargamento de pertrechos sanitarios aportado por INTERSOS, una ONG
italiana. La pequeña clínica está dirigida por el señor Maki Al-Nazzal, que
había sido contratado apenas cuatro días antes para desempeñar esa función.
No es médico.

El hombre no había dormido mucho, como no lo habían hecho tampoco el resto
de los doctores de la pequeña clínica.

La clínica había comenzado con sólo dos médicos, pero dado que los
estadounidenses habían bombardeado uno de los hospitales y que ahora sus
francotiradores se dedicaban a disparar contra la gente que trataba de
franquear la puerta del hospital central, sólo quedaban en activo dos
pequeñas clínicas para atender a toda la ciudad de Fallujah. La otra
clínica había sido instalada en un garaje.

Durante el tiempo que permanecí allí un constante flujo de mujeres y niños
alcanzados por disparos de los francotiradores estadounidenses siguió
llegando precipitadamente hasta la sucia clínica: los autos llegaban a toda
velocidad hasta la acera delantera del edificio y los llorosos familiares
transportaban a los heridos al interior.

Una mujer y un niño habían recibido sendos balazos en el cuello: la mujer
respiraba ruidosamente con una especie de gorgoteo agónico mientras los
doctores la atendían frenéticamente en medio de sus apagados gemidos.

El niño tenía los ojos congelados y perdidos en el vacío y vomitaba sin
cesar mientras los médicos se esforzaban por salvar su vida.

Treinta minutos más tarde ninguno de ellos parecía tener visos de poder
sobrevivir.

Una víctima tras otra de la agresión estadounidense era transportada hasta
la clínica. La gran mayoría eran mujeres y niños.

Esta escena continuó sin descanso hasta la noche debido a que los
francotiradores estadounidenses no cesaron de disparar.

Al caer la tarde los altavoces de la mezquita aledaña anunciaron que los
mujaidines habían destruido completamente un convoy estadounidense. Las
calles retumbaron con el estrépito de los disparos y los gritos de jubilo.
La megafonía de la mezquita comenzó a emitir oraciones a todo volumen y la
determinación y confianza de las gentes de aquel sector se hizo palpable.

Un niño de 11 años con la cara cubierta por una kefiya y blandiendo un
kalashnikov casi el doble de grande que él patrullaba por los alrededores
de la clínica velando por su seguridad. Derrochaba confianza y estaba
ansioso por luchar. Me pregunté cómo se sentirían los soldados
estadounidenses cuando se vieran combatiendo contra un niño de once años..
Al día siguiente, mientras salíamos de Falluyah, vi varios grupos de niños
que combatían como mujaidines.

Tras entregar la ayuda médica que transportábamos tres de mis amigos
aceptaron abandonar la ciudad montados en la única ambulancia con que
contaba la clínica para recoger a los heridos.

Aunque la ambulancia tenía ya tres agujeros de bala en la luna frontal del
lado del conductor, cortesía de francotiradores estadounidenses, cargarla
con personal occidental era la única esperanza que teníamos de que los
soldados permitieran recuperar a más heridos irakíes.

El anterior conductor había sido herido cuando una bala de francotirador le
rasgó la cabeza.

Alrededor de la ciudad se oían esporádicamente detonaciones de bombas
seguidas de ráfagas de disparos.

Se hacía de noche, de modo que acabamos alojados en casa de una persona del
lugar que había filmado las atrocidades. Nos mostró imágenes de un bebé
muerto que dijo había sido arrancado por los marines del pecho de su madre.
Nos mostró también otras imágenes horripilantes de irakíes asesinados.

Durante todo el tiempo que estuve en Fallujah me acompañó el ronroneo
constante de los aviones espías militares.

Mientras caminábamos por las desiertas calles hacia la casa donde
pensábamos alojarnos, un avión pasó volando por encima de nosotros y lanzó
varias bengalas. Corrimos a ponernos a cubierto al lado de un muro cercano
temiendo que lanzara bombas de racimo. Habíamos escuchado algunos informes
en ese sentido, y la gente del lugar nos había informado de que dos de las
últimas víctimas que habían ingresado en la clínica habían resultado
alcanzados por bombas de fragmentación: los cuerpos de ambos presentaban
horribles quemaduras y desgarros Fue una noche muy larga que transcurrió
entre el malestar producido por la ingesta de agua sin depurar y la
acuciante ansiedad por el comienzo de la invasión en toda regla. No pude
conciliar el sueño.

Cada vez que conseguía adormilarme un avión a reacción pasaba por encima y
entonces me preguntaba si había llegado ya la hora del bombardeo total.
Mientras tanto, los aviones espía seguían ronroneando por todo Fallujah.

A la mañana siguiente volvimos a caminar hasta la clínica y comprobamos que
los milicianos apostados en el área estaban sobre ascuas, esperando que el
ataque se produjera en cualquier momento. Estaban tomando posiciones para
la lucha. Una de mis amigas, que había realizado otra vuelta con la
ambulancia para recoger dos cuerpos, dijo que un marine con el que se había
topado le había dicho que saliera de allí porque los militares iban a
solicitar de forma inminente apoyo aéreo para comenzar a "limpiar la
ciudad". Uno de los cuerpos que trajeron a la clínica era el de un anciano
que había sido abatido en el exterior de su casa por un francotirador
mientras su mujer e hijos permanecían desolados en el interior.

La familia no pudo recoger el cadáver por miedo a caer bajo los disparos de
los francotiradores estadounidenses. El rígido cadáver del anciano fue
transportado a la clínica rodeado por una nube de moscas.

La desquiciada situación continuaba deteriorándose por momentos, y para
cuando los heridos de la clínica fueron montados en nuestro autobús y nos
dispusimos a partir, todos sentimos que la invasión se iba a producir en
cualquier instante. Bombas estadounidenses seguían cayendo cerca del lugar
donde nos hallábamos y seguían repiqueteando ráfagas intermitentes. Los
aviones a reacción sobrevolaban en círculos la ciudad.

Arrancamos y salimos bajo la mirada de numerosos grupos de mujaidines
apostados en sus posiciones en las calles.

Nos incorporamos a una larga hilera de vehículos cargados de familias al
completo, y a paso de hormiga fuimos saliendo de la asediada ciudad
rebasando varios vehículos militares que se hallaban en las afueras de la
ciudad.

Cuando en cierto lugar dimos un giro equivocado y tratamos de descender por
una carretera controlada por otro grupo de mujaidines nos encontramos
rodeados de repente por hombres que nos apuntaban con sus armas
amartilladas. Los médicos y pacientes abordo les explicaron que veníamos de
Fallujah tras haber realizado una misión humanitaria y nos dejaron marchar.

El viaje de regreso a Bagdad fue lento pero con pocas incidencias. Pasamos
al lado de más carcasas calcinadas de vehículos destruidos por los
insurrectos: camiones cisternas, vehículos militares...

Lo que puedo informar desde Fallujah es que no hay ningún alto el fuego y
que, aparentemente, nunca lo ha habido. Mujeres y niños irakíes están
siendo abatidos por los francotiradores estadounidenses. Más de 600 irakíes
han muerto ya como consecuencia de la agresión estadounidense y los
residentes han transformado dos campos de fútbol en cementerios. Los
estadounidenses están disparando contra las ambulancias. Y ahora se están
preparando para lanzar una invasión a gran escala de la ciudad.

Todo esto está ocurriendo con el pretexto de atrapar a las personas que
mataron a los cuatro agentes de seguridad de la empresa Balckwater Security
y colgaron dos de sus cadáveres de un puente.

12 de abril del 2004
* Dahrs Jamail es el corresponsal en Bagdad de The New Standard. Natural de
Alaska, se dedica a informar sobre las historias que no se cuentan del Irak
ocupado. Puedes ayudar a que Dahr continúe con su crucial tarea en Irak
mediante tus donaciones. Para más información, visita su página:
htpp://newstandardnews.net/iraqdispatches


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