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5th September 20:48
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Autoritarismo versus democratización
El autoritarismo es un legado del pasado salvadoreño que se niega a morir y amenaza la consolidación de los resultados de la transición de la década pasada. Esta concluyó sin una experiencia democrática en la cual apoyarse. Ni los grupos dominantes ni la gente han tenido otra experiencia que el autoritarismo. Así, pues, las prácticas autoritarias en los grupos de poder y en la organización popular, en la izquierda y en la derecha, en el gobierno y en la oposición no deben darse por superadas. El autoritarismo no sólo acecha a la democratización salvadoreña, sino que ha ido ganando cada vez más terreno. A veces no se distingue con claridad, porque se disfraza de democracia e incluso intenta suplantarla. El autoritarismo del gobierno actual no es más que parte de un fenómeno cultural mucho más amplio. Sin duda es la parte que más sobresale o se resiente, pero eso no significa que el resto de la realidad social está libre de él. El autoritarismo se manifiesta en los ámbitos más diversos de la vida social, desde la realidad familiar, donde se toman decisiones que afectan a todo el grupo, hasta el sistema político, donde se toman decisiones vinculantes para la sociedad. Es probable que el autoritarismo derive su fuerza de esta presencia generalizada, en todos los ámbitos de la vida personal y social, y sólo se supera a fuerza de practicar la democracia.
Las próximas elecciones debieran ser, en este contexto, una práctica democrática para hacer en contra del autoritarismo predominante en el sistema político. El cambio de partido de gobierno es normal en un régimen democrático. Puesta a elegir, la población puede hacerlo en una u otra dirección y así, hoy favorece a un partido político y mañana a otro. Si la democracia ha de pervivir en El Salvador, la derrota de ARENA, si se llegara a dar, debiera ser asumida como lo que es: un hecho normal de la práctica democrática. No hay que olvidar que, después de la derrota, lo normal es que dé comienzo otro juego, para usar una figura tan del gusto de los políticos. El nuevo juego da posibilidad para un desquite, que también es normal en las democracias maduras. Si esta posibilidad no existiera, no habría juego, pero más grave aún, tampoco habría democracia.
En 1994 y 1999, existió la posibilidad para cambiar al partido de gobierno. Por lo tanto, lo normal es que, al concluir el periodo de Flores, entre en juego nuevamente esa posibilidad, es decir, si ARENA va o no a continuar siendo ese partido. De igual manera, la superación del autoritarismo, por la práctica democrática, supone que, en 2009, existe otra vez la posibilidad para reemplazar al partido de gobierno que salga electo en 2004. Es evidente. La democracia supone la posibilidad del relevo político, en los puestos de elección popular, tanto de las personas que los ocupan como de los partidos que las postulan.
La negación de esta posibilidad, incluso como simple amenaza, sólo puede ser entendida como un triunfo del autoritarismo sobre la democracia. Aceptar como principio de conducta política que, en una elección se puede ganar o perder, es un avance, en la dirección correcta. Asumir que si mañana se pierde, pero pasado mañana se puede ganar, es un avance en la consolidación democrática. Ganar mañana, sabiendo que el triunfo de pasado mañana depende de la gestión realizada, es también apuntalar los procedimientos democráticos. En cambio, no aceptar que la derrota es parte del juego, no asumir que si en un proceso limpio no se gana, es porque no se fue suficientemente convincente, y pensar que un triunfo electoral implica la derrota total y definitiva del adversario es alimentar la cultura autoritaria. Sin embargo, los partidos políticos, el gobierno de ARENA, las empresas mediáticas y la embajada de Estados Unidos no tienden a fortalecer la democratización, sino su contrario, al fortalecimiento de la cultura autoritaria.
Otro ejemplo de autoritarismo son los métodos que los partidos grandes emplean para seleccionar a sus candidatos presidenciales. Tanto ARENA como el FMLN han intentado alejarse del esquema autoritario. Ambos han querido jugar a darle mayor protagonismo a sus bases. Aunque cada uno usa un procedimiento diferente, ambos son autoritarios. El FMLN ha intentado ir más lejos al decidir estatutariamente que la selección debe ser resultado de elecciones internas, basadas en el voto secreto de su militancia. ARENA, en cambio, consulta a sus mandos intermedios, en los catorce departamentos y en votación pública, lo cual se presta a presiones para favorecer a un determinado candidato, lo cual es evidente en el proceso recién concluido. Pero ninguno de los dos acaba de asumir el derecho inalienable de sus bases para elegir con libertad a sus candidatos. En ambos partidos, las tendencias autoritarias se niegan a desaparecer.
En el FMLN, la postulación de los precandidatos fue un proceso voluntario y abierto a cualquier miembro del partido, con tal que ***pliera los requisitos, establecidos de antemano y válidos para cualquier postulante. Por lo tanto, no se entiende bien por qué la Comisión Política debe presentar una propuesta oficial. Lo mejor que pudo haber hecho es tomar distancia de los precandidatos y dejar que fueran sus bases las que, sin ningún mensaje directo y explícito, decidieran con libertad. Porque, ¿qué pasaría si el candidato oficial sufriera un revés en las elecciones internas? La intención de la dirección partidaria para orientar el voto es clara. Asimismo, llama la atención que sólo haya un precandidato para la vicepresidencia. Si no había más precandidatos fuera del partido, ¿por qué la Comisión Política cerró la posibilidad a otros de dentro?
En ARENA, el veto anticipado del COENA fue ejercido al seleccionar a tres finalistas de entre diez aspirantes. Si los diez ***plían los requisitos exigidos, no es democrático eliminar a siete. Además, el espacio dejado por la renuncia de uno de los tres escogidos, bien pudo haber sido llenado por uno de los ya vetados y así mantener la estructura ternaria. Es evidente, además, que la élite del partido favorece a uno de los dos finalistas. De ahí que hubiera sido mucho más democrático introducir el voto secreto y universal para la militancia.
No hay, pues, tanta democracia como pregonan estos partidos. En el mejor de los casos es una democracia controlada por las elites, mientras que sus bases deben conformarse con lo que éstas decidan.
Revista Proceso (UCA)
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