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1 28th June 11:20
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Default Un nombre para la historia de la infamia



Universidad Centroamericana (UCA)
Apdo. Postal 01-168 Boulevard Los Próceres
San Salvador, El Salvador, Centro América
Tel: +(503) 210-6600 ext. 407
Fax: +(503) 210-6655


La historia, entendida como narración y explicación del pasado, suele
tener dos caras: la historia oficial, es decir, la historia de los
gobiernos, tejida de hechos y acontecimientos que legitiman el poder
establecido, y la historia no oficial, es decir, la historia de
quienes se han opuesto al poder, de quienes lo han cuestionado y se
han rebelado contra el mismo. Otra forma de referirse a esta
ambivalencia de la historia es la que establece la distinción entre la
historia de los vencedores y la historia de los vencidos: por lo
general, la historia oficial es la elaborada por aquellos grupos e
individuos que resultaron vencedores en los grandes conflictos
sociales. Dicho de otro modo, la historia oficial es la historia de
los vencedores; los vencidos –las víctimas del poder— suelen ser los
sin historia, o los que apenas pueden reivindicar una presencia
subterránea en la memoria colectiva. Por lo mismo, los vencidos no
sólo son doblegados por el poder, sino que también son condenados al
olvido.


La contraposición entre la "historia oficial" –la historia de los
vencedores— y la "historia no oficial" –la historia de los vencidos—
puede ser vista de otra forma: historia de la infamia versus historia
de la decencia y del heroísmo. No cabe duda de que los procesos
históricos reales se tejen de infamia, decencia y heroísmo. Los
individuos concretos que participan de esos procesos pueden ser más o
menos infames, decentes o heroicos, dependiendo tal adscripción al
papel jugado por ellos, a sus actitudes y a los valores defendidos.


Con todo, existen personalidades que se convierten en una especie de
modelo, por un lado, de la infamia; y, por otro, de la decencia y del
honor. Cuando esos individuos que personifican la infamia son parte
del bando de los vencedores, su conducta y actitudes infames son
integradas a la historia oficial, pasando a formar parte de lo que se
puede denominar "historia de la infamia", en la cual lo sucio y
despreciable, por denigrante de los valores humanos fundamentales, es
visto como loable y ejemplar. Mediante este procedimiento, los
vencedores destruyen el recuerdo de aquellas personalidades que, por
haber pertenecido al bando de los vencidos, son un modelo de decencia
y de honorabilidad, en el sentido que comprometieron su vida en la
defensa de la dignidad humana y la justicia.


Roberto D'Aubuisson es parte integrante de la historia de la infamia
salvadoreña. Independientemente de si disparó un arma contra algún
opositor de izquierda o si ordenó a otros que lo hicieran, su prédica
anticomunista y sus señalamientos contra determinadas figuras
políticas se tradujeron en persecución y muerte.


D'Aubuisson difamó, amenazó, acusó y denigró a personas indefensas
que, posteriormente, padecieron distintos tipos de afrentas a su
dignidad. Al menos durante la primera mitad de la década de los años
ochenta, fue un abanderado del exterminio de los comunistas. En esos
años, no propugnó por un sistema democrático, sino por el predominio
de un esquema de poder centrado en ARENA —a cuya cabeza estaría él,
naturalmente—, con exclusión de todos aquellos —incluida la democracia
cristiana— que propugnaran por un reordenamiento económico, social y
político de El Salvador. Hacer de D'Aubuisson el padre de la
democracia salvadoreña forma parte, dicho sea de paso, de esa historia
de la infamia que la derecha salvadoreña viene construyendo desde que
ARENA irrumpió en la vida política nacional como el portavoz
privilegiado de los intereses de los sectores más poderosos del país.


A D'Abuisson hay que darle su verdadero lugar en la historia de El
Salvador: fue un fanático anticomunista, responsable —junto con otros—
de un odio que se tradujo en dolor y muerte para miles de salvadoreños
inocentes e indefensos. Durante buena parte de los años ochenta, su
sueño y su empeño fueron que los comunistas reales o presuntos fueran
destruidos, no que compitieran en elecciones y tuvieran la oportunidad
de acceder al poder. En estos años —los de mayor violencia y
terrorismo paramilitar— el compromiso de D'Aubuisson no estaba a favor
de los votos y en contra de las balas, sino todo lo contrario: las
balas eran lo primordial y los votos un mal necesario. Esto no hay que
olvidarlo, para dar al ex mayor el lugar que le corresponde en la
historia de la infamia salvadoreña.


Como contrapartida a esa historia de la infamia, se deben recuperar
los nombres y la contribución de aquellos que son parte de la historia
de la decencia y del honor. A esta historia pertenecen, por derecho
propio, hombres como Óscar Arnulfo Romero y, junto a él, todos
aquellos que comprometieron sus vidas por una sociedad más justa y
digna para la mayor parte de la sociedad salvadoreña. Los nombres de
todos ellos son nombres para la historia; nombres que hay que recordar
y honrar, porque son ejemplo a seguir por cualquiera que valore la
decencia y el respeto a la dignidad del prójimo.


Definitivamente, lo anterior no puede decirse de D'Aubuisson. Decir
que es un ejemplo digno de emular significa decir que el odio, el
fanatismo y la denigración de otros seres humanos es algo bueno. Nadie
que tenga un poco de racionalidad, por no decir de decencia, puede
sostener tal aberración. Lo mejor de D'Aubuisson —lo que más valora la
derecha de él— representa todo aquello que los salvadoreños no
deberíamos ser ni profesar si pretendemos vivir en democracia. Su
nombre es un nombre para la historia, sí, pero para una historia de la
cual todos los salvadoreños deberíamos sentir vergüenza. Esa vergüenza
no se disipa por más que se quiera ver a D'Aubuisson como un hombre
que sufrió por sus ideales —más sufrieron las víctimas de su
fanatismo— ni por más que quienes escriben la historia de la infamia
se declaren víctimas de un complot orquestado por quienes tienen el
propósito de impedir que el presunto heroísmo del ex mayor sea
reivindicado.
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