|
5
4th May 20:12
External User
|
De Noël a San Silvestre*: tres recuerdos de una Cuba extinta.
De Noël a San Silvestre*: tres recuerdos de una Cuba extinta.
Por Carlos Wotzkow
Todos los años, incluso después que en 1970 Fidel Castro encargó a sus CDR
pasar la voz de que celebrar las fiestas de fin de año no era
revolucionario, nosotros lo ignoramos olímpicamente. No obstante ese
particular ejemplo de despotismo, a la misma hora y en las mismas fechas,
las invitaciones pululaban por mi casa. Uno, dos y hasta 3 paquetes de
algodón cubrían como si se tratara de nieve el mueble que enclaustraba al
televisor, y sobre el cual un pinito decorado renacía. Esto, daba a la sala
de casa una atmósfera de calor y a la vez, de ventisca invernal preñada de
imaginación.
Las llamas artificiales eran emitidas desde unas bombillas raras, llenas de
un líquido oleoso y con burbujas que mi padre instalaba cada año en las
ramas del pinito. Pero mirándolas por los cristales desde afuera, parecían
como velas que a destellos querían hacer el juego y dejar a todos un
mensaje: habrá regalos, habrá estrellas en el cielo y habrá dulces y turrón,
y frijoles negros con cerdo asado, e incluso vino. Afuera, a veces, hacía
frío y no era extraño que soñáramos con ver un día caer la nieve.
Tirados sobre la yerba del cuidado jardín, mirábamos todos a lo más alto en
la noche oscura y pedíamos deseos. Los nuestros eran infantiles, los de
nuestros padres, tal vez no. Ya por entonces no era tan fácil ver a los
vecinos contagiarse con el mismo júbilo que lo hacíamos nosotros y cada año,
faltaban en las ventanas del reparto más luces, más reflejos, más alegría.
Desaparecían por ordenes del nuevo Satanás que acababa con los pálidos
espíritus de antaño y hasta con las más leves esperanzas de los días
venideros.
Desde la media tarde corríamos a la cocina y comenzábamos a vaciar el plato
repleto de tostones. Rápidos, nos concentrábamos con el de los chicharrones
y luego, atacábamos al pan recién horneado, a las raras aceitunas que junto
al queso nos habían llegado “desde Asturias” - decía mi abuela – con cara de
sorpresa. Y mis padres, mi abuela y mis primos Carmina y Mariano, que ya
eran grandes, levantaban al atardecer la primera copa de un vino criado la
primavera anterior. No importa si de España, o de Bulgaria, en casa había
vino tinto y ya eso nos hacía ricos, una vez, cada fin de año.
Cuando el fuego hogareño de estas fiestas acabe, arreglaremos los aleros,
pintaremos la cerca del frente y dejaremos de fumar. El año próximo en
definitiva, haremos todo lo que debiéramos haber hecho ya. En unos días,
nuestra visita al Rincón quedará recompensada. Es necesario ir hasta Rincón,
cada año, a pedir cosas que según mis padres los niños no deben saber. Bajo
la noche invernal nos vamos a encontrar no obstante un par de peregrinos,
tal vez dos, o más. Al final, la avenida de Rancho Boyeros es un verdadero
río humano.
Por eso hoy podemos cantar, hablar, reír, y comer estas golosinas, pues sólo
se trata de atravesar el tiempo entre las horas. Ser trata de abrazar a
nuestros hermanos, pero también a nuestros primos, de los que en más de una
ocasión nos olvidamos. En este instante, que consiste en pasar el tiempo a
través de esas dos horas, todos nos sentimos unidos y una maleza de copas se
eleva y a los niños, hasta un poco de vino les es permitido beber. “Es bueno
para la circulación” - dice mi madre. “Pésimo para la conciencia” - advierte
mi abuela.
Después de brindar, corremos todavía unas horas por el jardín que se ha
humedecido con el rocío, que se ha llenado de luces y posee ahora una
vegetación verde y cristalina improbable en las frías tierras donde habita
Noël. Primero no se escucha nada y sólo esperamos a que algún loco se decida
a hacer lo que ya por entonces es prohibido. A los pocos instantes
escuchamos un disparo, luego dos y tal vez a algún alucinado que finalmente
se decide. Y vuela el fuego artificial. Y pedimos más vino para celebrar que
ya no es el mismo día y que los corazones deben estar a la altura de las
copas.
A esta hora, en la que tanto Dios como el Diablo escuchan a cada ser humano,\0
es mi madre la que toma siempre la palabra. En voz alta (para ser modesto)
pide mi valiente vieja para todos los hermanos, para todos los queridos
primos, y para todos los sufridos cubanos, un poco de amor, de paz, y de
salud. A veces es Dios el que la escucha, a veces no. Pero siempre, en la
noche oscura y contra el incierto futuro que se cierne sobre la Patria
cubana, mi madre añade: ¡Ah, Dios mío, y tráesela también hasta a los
cobardes!
***
Ya no era tan pequeño, ya podía acordarme de las cosas y sé que me he
convertido, como todos los niños que entonces conozco, en un aficionado de
estas fiestas. Pero el momento más terrible de mis viejos es el de salir a
conseguir algún regalo. El régimen ya ha acabado con los catálogos de “El
Encanto”, con los Arboles de Navidad, con el vino extranjero, y hasta con la
felicidad. Pero yo me revuelco de alegría con sólo saber que mi hermano
Eduardo heredará el tractor de mi Micky, o con imaginarme que a mí mi amigo
Fabito, me regalará un lindo dinosaurio.
A mi prima Titi, mi hermana debe dejarle de legado una muñeca, y eso es lo
triste, pues mi hermana no regala nada a nadie, mucho menos de buena
voluntad. Mi hermana quiere siempre algo a cambio y desde que tengo uso de
razón, y ya les digo que desde entonces podía acordarme de las cosas, hasta
mi llanto era imprescindible a cambio de sus sustos. Pero estamos en Noël y
no hacemos más que ilusionarnos con los traspasos de propiedades, o
comprometernos (yo y mis dos hermanos varones) con darle mil besos a Titina,
que esta vez, como la anterior, como siempre, no recibirá nada de mi
hermana.
Con el objetivo de prepararnos para la gran fiesta está previsto hacer una
visita a los guajiros amigos de mí madre en Pinar del Río. Es un viaje
tortuoso, casi clandestino, o para ser más justo, ilegal. Para ello mí madre
coordina con un chofer, reúne el dinero, y se lanza como una suicida a una
aventura que comienza de madrugada y termina casi siempre por la noche. Son
las dos de la mañana y a esa hora (en la que mi hermano Micky se despierta
para ir a comer a escondidas los frijoles negros del refrigerador),
sorprende a mi padre en función de carnicero.
Y claro, todos estos preludios exuberantes de las fiestas cercanas a San
Silvestre pueden también generar inconvenientes. Un vecino que nunca nos
visita lo hace de repente. “Bueno, a la velda yo no tengo nada contra
Santiclos” – a dicho el inoportuno visitante, - “pero debajo del maletero de
tu Chevrole hay sangre y eso quiere decir que allí hay, o hubo puerco
encerrao”. Y mi padre, que sólo pronuncia mal la palabra “aroz”, le dice en
un perfecto español de alemán aplatanado: “¡Oh, no compañero, eso ser
líquido de freno francés, que es así de rojito y de bonito, como la bandera
China! ¿O no?“
Esas experiencias me han llevado a sentir que los niños y los Reyes Magos
están fuera de la ley cada fin de año. Por eso, y para evitar que nadie
interfiera en el dinero que gastamos en esos días, mis Navidades en Suiza
transcurren en la más agradable intimidad. Parado frente a la ventana
durante largos minutos en estas noches heladas del invierno, suelo ver con
asombrado como caen los copos de nieve que nunca tuvimos en nuestro hermoso
jardín. Escucho sonar el campanario de la Iglesia que se nos prohibió y
ruego por que mis postales lleguen vírgenes a las manos de mis viejos
padres.
Cada día veo como mis vecinos salen a sus balcones para instalar bellas
guirnaldas luminosas y dar así más placer y ensueño a sus hijos. Entonces
recuerdo a mi viejo, montando y acomodando las que todavía servían del viejo
árbol de Navidad que compró en el Ten-Cent de los años 50. Mi viejo es
increíble y a veces casi hasta se electrocuta para regalarnos con el pino
iluminado un poco de ilusión. Cada noche, enciendo un par de velas y pido a
mis hijas de no apagarlas hasta que se derritan del todo. En esas llamas veo
las caras de mis dos queridos padres y así, con el calor que generan, los
siento lejos la soledad a la que les ha condenado en Cuba otro viejo, no
Noël.
***
Ya no sé si me gustan las fiestas de Navidad. O mejor dicho, claro que me
gustan, pero por mis hijas y por verlas descubrir el árbol que les hemos
montado en la sala y que cada año se hace más grande y más luminoso para
darles la ilusión de que como él, sus sueños también pueden crecer. Me da
gusto verlas comer sus dulces y romper los papeles de regalo que les
obstruyen el paso a sus más deseados regalos. “Al más interesante de
ellos” – como dice la pequeña Lucille. “¡Que bueno es Noël Papá! ¿No es
verdad? Exclama y pregunta Sibylle.
Pero todas estas escenas que hoy vivo no son más que parte de otro mundo,
porque en estos días grises que preceden San Silvestre, yo me voy con mi
imaginación hasta Cuba. A La Habana de hace ya algunos años, en los que yo
corría a casa desde la escuela o el trabajo para encontrarme con mi abuela,
que fue también como mi madre. Entonces, recuerdo que hubo uno de esos días
que no le deseo a nadie. De entre todos los anteriores aquel fue muy
especial. Por eso digo que nadie debe buscar pretextos para perderse una
Navidad con la familia, pues aún creo (a pesar de ser adulto), que eso nos
hace diferentes.
Aquel ao mi padre tuvo que operarse de urgencias en febrero y mi madre
cargaba con todo. Hasta con nuestros egoísmos e incomprensiones. Para mal de
males, mi abuela estaba muy malita. Como de costumbre en los días previos a
tal celebración, entré una tarde en casa para darle un gran beso a mi
abuelita linda y escuchar sus gastados regaños. Pero ya desde la cerca, vi
que mí hermano Eduardo y mí madre lloraban sentados en un rincón del patio.
“Ella quiso dormirse en la cama que le construyó tu abuelo” – me dijo la
vieja. Y en aquella cama, robusta y bien hecha, reposaba (como dormida) mi
abuela.
Parecía como si sólo estuviera cansada, como si se hubiera pasado toda la
mañana preparado una cazuela entera de Arroz con Leche, mi postre favorito.
¿Se levantaría ella otra vez para conversar conmigo en la cocina mientras yo
me comía el primer plato, el menos hondo, “para dejarle a los demás”? Entre
en su cuarto, pero allí no había rastro de su delantal, ni olor a azúcar, o
a leche, o a canela entre sus ropas. Debe ser que nadie le fue a comprar las
cosas y molesta se tiró a dormir. Sobre su mesita de noche, no sé cómo ni
porqué, había una vieja tarjeta de Navidad.
En aquella tarjeta se leía: “Felices Navidades a todos, y mis mejores deseos
para el año próximo”, con la letra zigzagueante y temblorosa de mi abuela.
Cuatro años más tarde dejé Cuba y desaparecí para siempre de aquella inmensa
casa en la que crecimos felices durante un largo tiempo. Desde entonces,
creo que mí abuela está más cerca de mí hermano Micky y con él pasa cada año
su Navidad. Al menos eso es lo que yo desearía, pues él ha sido siempre el
preferido de sus nietos. La casa en la que nacimos algún día será ocupada
por alguna familia comunista, pero esa gente, nada bueno en ella sentirán,
pues no saben ni tan siquiera lo que es la Navidad.
Bienne, Diciembre 20, 2003
*Para los cubanos la noche de Noël es “Noche Buena” y “San Silvestre” es la
de Fin de Año.
Este y otros excelentes artículos del mismo AUTOR aparecen en la
REVISTA GUARACABUYA con dirección electrónica de:
http://www.amigospais-guaracabuya.org
Acabo de recibir de Cuba, de un joven médico, un correo electrónico que
aparecida
da
crees
y
eres
a
de
gratitud
si
grande
percibir
dos
Reyes
participan
ingenuidad
ellas
otros
tierra
a
de
que
y
de
vivimos,
Quijote,
que
---
Outgoing mail is certified Virus Free.
Checked by AVG anti-virus system (http://www.grisoft.com).
Version: 6.0.548 / Virus Database: 341 - Release Date: 12/5/2003
|