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1 6th July 06:24
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Default ¿Quién_teme_a_la_democracia?



..La democracia es una carrera de fondo. Algunas personas ilusas creen
que la democracia se alcanza cuando se permite acudir a las urnas cada
cierto tiempo. En realidad, esto sólo es el principio. Hemos vivido
los humanos tantos siglos dominados por unos pocos y hemos sido tan
ignorantes y débiles que aún creemos que la libertad es una concesión
graciosa que nos hace una especie de poder superior invisible, al que
llamamos sistema, que sospechamos que es quien manda siempre y quien
rige el orden absoluto de las cosas. La democracia o es permanente y
se puede ejercer a diario y en todos los ámbitos sociales, o es
únicamente un esbozo o una caricatura del poder colectivo que, por
concepto, por dignidad, reside en las personas. Si, como en nuestro
caso, la democracia ha llegado mediante la reforma engañosa y
humillante de una dictadura y la adecuación de los poderes de un
Estado autoritario a una democracia más formal que veraz, puede
decirse que apenas hemos andado dos tímidos pasos en el largo e
inacabable camino de la libertad comunitaria.


.Probablemente, el principal defecto democrático sea considerar que
la democracia es un cheque en blanco que los ciudadanos entregan a los
partidos para que lo utilicen casi sin limitaciones. De este pobre
concepto de la libertad social emana la contradicción que el PP
encuentra entre la legitimidad del poder absoluto que le otorgaron por
las urnas y la no menos legítima representatividad de la calle que
estos días se manifiesta contra el horror de la guerra contra el
pueblo de Irak en la que el presidente Aznar ha embarcado al Estado
español, haciendo causa común con el ardor guerrero de Bush y saltando
por encima de la legalidad internacional y la ONU. ¿Valen menos los
millones de personas que se manifiestan contra la violencia bélica que
los millones de personas que le entregaron a Aznar, en usufructo, las
llaves de mando del Estado? No, no valen menos. Ni más. Estamos ante
expresiones democráticas diferentes: una, con efectos legales, y la
otra, sólo con efectos morales, pero plena de legitimidad. No hay
ninguna contradicción democrática entre las urnas y la calle, entre la
legalidad institucional y las protestas que el pueblo, en su patria
que es la calle, lanza sobre un poder abusivo.


.Las urnas reflejan, con mayor o menor fidelidad, la
representatividad política en un momento dado, retrato que no puede
alterarse hasta los siguientes comicios. Sin embargo, tal
representatividad puede verse alterada al día siguiente de unas
elecciones en razón de decisiones graves tomadas por un partido en las
que su propio electorado no ve reflejadas sus razones y opiniones.
¿Hay que esperar cuatro años para parar una tragedia, cuando no haya
remedio? ¿Qué opción tiene la sociedad para hacer valer su primacía
frente a una legalidad que le embarca en una matanza? Tiene ‘‘el voto
de la protesta'', tan legítimo como el que más y moralmente poderoso.
Por eso, hay que tomar en serio la voz de la calle, a veces airada,
que denuncia su distancia respecto del poder constituido, tanto mayor
cuanto más numerosas sean las manifestaciones públicas. Digo más: un
gobierno que no escucha el clamor de la calle no es un gobierno
realmente democrático. ¿Hay mayor inseguridad jurídica que un poder
inmoral? La soberbia y la suficiencia en la que a veces los líderes
políticos se envuelven les hace pensar y decir que no se puede
gobernar en función de la opinión pública, como si ellos fueran los
poseedores de la sabiduría y el pueblo fuese nada más que una masa de
seres abyectos e ignorantes. Esto es lo que ahora cree Aznar: cree que
atender los sentimientos y razones de la calle es demagogia y que lo
suyo es alta responsabilidad histórica. En su sentido más profundo,
debiera entenderse que las urnas no otorgan más que la oportunidad de
administrar lo mejor posible los bienes de la sociedad y que el margen
de maniobra de un poder realmente democrático es la opinión de su
pueblo. Y así no cabe más que considerar las masivas y continuas
protestas contra la guerra de Irak como una estruendosa moción de
censura de facto contra el PP, lo que desgraciadamente no puede
sustanciarse en la revocación de un gobierno que, según sus propias
encuestas, tiene a más de 90% de la sociedad enfrente de sí. Tenemos,
pues, una democracia insuficiente. Pero hay que bajar mucho más a la
esencia de la democracia y asumir que estamos en la infancia de la
libertad. La democracia continua no es una utopía, sino un objetivo
posible a poco que se crea en la gente. Porque ésta es la cuestión:
creer de verdad en la libertad es exactamente lo mismo que creer en la
gente, en su capacidad decisiva y en su concurso. No es necesario
apelar al radicalismo democrático, opción con la que me identifico,
para exigir una nueva cultura democrática que se extienda tanto en los
niveles más cercanos del poder, como en los altos poderes de los
estados y la comunidad internacional. Seguimos anclados, más allá de
las apariencias formales, en el despotismo ilustrado del siglo XVIII,
en el todo para el pueblo pero sin el pueblo. ¿Quién teme a la
democracia, quién cree que consultar a la sociedad de forma continua,
en las cuestiones menores y en la mayores, no es factible? ¿Quién
tiene miedo a avanzar en el ejercicio constante de la libertad? ¿Quién
detiene un cambio cultural, social y político que tarde o temprano ha
de producirse? ¿Cuándo sacamos las nuevas urnas?


.Se da la circunstancia que la crisis democrática coincide con el
desarrollo de una nueva comunicación global. Ni soñando podríamos
imaginar que la democracia podría llegar a disponer de unos
instrumentos tan flexibles y operativos como las nuevas tecnologías de
la información para hacer posible un gobierno verdaderamente
participativo. Internet puede ser ese foro legislativo general que
soñaron los clásicos. ¿Por qué no preguntar a la gente sobre la
conveniencia de tal o cual proyecto en su ciudad? ¿Por qué no pedirle
opinión sobre determinada opción nacional y vincularse a su criterio?
¿Por qué no elaborar realidades sociales en razón de las demandas que
los ciudadanos puedan hacer llegar a las instituciones? ¿Por qué no
dar la palabra al pueblo cada día y no sólo cada cuatro años? Basta
con generalizar y garantizar estos medios para que la democracia
continua, con toda su carga de cambio cualitativo y cultural, pueda
realizarse.


.Tiene que existir una maduración general y que la sensibilidad
manifestada en la calle no sea flor de un día y sólo contra la guerra.
El mayor enemigo de la libertad es la negación de la responsabilidad.
Hay quien prefiere que le den las cosas pensadas y la seguridad de la
tutela paternalista. Y hay un poder que prefiere seguir en el
despotismo para hacer y deshacer a su antojo. Se va a acabar. Lo que
ha de venir no es la desaparición de las urnas, sino su cambio de
formato. No sé a qué esperamos.


José Ramón Blázquez . 02/04/03
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