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17th December 06:11
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Sábado, 09 de diciembre, año 2006 de Nuestro Salvador Jesucristo,
Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica (Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo) EL NUEVO HOMBRE y su OBEDIENCIA A DIOS Nuestro Dios ha creado un nuevo hombre en todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, que tan sólo "le obedezca a Él", como su único Dios Verdadero, en el espíritu y en la verdad viviente de su Árbol de vida eterna, su único Gran Rey Mesías, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Entonces nuestro Padre Celestial se acerca a Abraham en su día, cuando buscaba la salvación para Adán y cada uno de sus descendientes, en sus millares, como la arena del mar, por ejemplo, de todas las familias, familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra. Y le dijo entonces: --Más tú guardarás mi pacto, tú y tus descendientes después de ti, a través de sus generaciones, en todos los lugares de la tierra. Por cuanto, mi pacto contigo es de sangre, de la sangre santa de la vida misma, gloriosa e infinita, del reino de los cielos. Ésta es una sangre que vive por los siglos de los siglos y jamás ha conocido la humillación del pecado ni de su muerte eterna, tampoco. Además, ésta sangre sólo podrá venir a ti y a cada uno de tus hijos e hijas, de las muchas naciones que saldrán de ti, por medio de la llegada a tu vida, de tu hijo muy esperado. Y sólo Él hará un nuevo hombre para todo pecador y pecadora de la tierra, para su nueva vida infinita, en el reino de los cielos. Porque en éste hijo tuyo y de tu esposa, Sara, vendrá a ti, con "la semilla" del salvador del alma viviente, del hombre y de toda la tierra, también, para nunca más volver a vivir ni menos morir por el poder del pecado, en esta vida ni en la venidera tampoco, en el reino de los cielos. Y Abraham le creyó a Dios de todo corazón, en su palabra santa y eternamente limpia; por tanto, decidió Abraham obedecer a su Dios, desde aquel momento en adelante, como "un nuevo hombre", para empezar no solo una nación para él, sino muchas en toda la tierra, para el nuevo reino de los cielos, de Dios y de su Hijo. Porque la promesa de Dios para Abraham era de que él seria: "Padre de muchas naciones". Por lo tanto, al ver Abraham su pasado sin hijo con su esposa Sarai (porque ese era el nombre de ella, en el principio, cuando Dios se le manifestó a Abraham), aun así le creyó a Dios, en su promesa redentora de salvar al hombre y a toda la tierra, también, de aquellos días y de siempre. Y esto seria en Abraham, como también en el corazón de cada uno de sus hijos e hijas, en sus millares, de todas las familias de la tierra, con sólo creer en "la sangre bendita" de su hijo muy esperado, por él y por su esposa Sara, por ejemplo. Y sólo así, la bendición y la salvación del alma eterna del hombre llegan no sólo a la familia de Abraham sino a cada una de todas las familias de las naciones de la antigüedad y de nuestros tiempos, también. Pues esto era luz eterna para el hombre que vivía entre las tinieblas de las palabras mentirosas de Lucifer y de la serpiente antigua, en aquellos días y como hoy en día también, en toda nuestra tierra. Porque sólo en la obediencia de Abraham, a la promesa de bendición y de salvación infinita del poder del pecado, en la sangre sagrada de su hijo venidero, Isaac, entonces todos los que creen igual que él con el espíritu de fe, puesto en sus corazones y centrados en la sangre bendita de su Hijo, podremos ver la vida eterna. Pues así, como el corazón de Abraham, el cual buscaba la llegada a su vida y a la de los suyos, de su hijo muy esperado, Isaac, entonces también todo hombre, mujer, niño y niña de todas las naciones, de hoy y de siempre, esperan por Él, para ser bendecidos y redimidos por "el pacto de la sangre de Cristo". Por lo tanto, todos los que crean, al igual que el corazón de Abraham, en la llegada a su vida, de la promesa del Cristo Celestial, entonces han de ser bendecidos y perdonados de todos sus pecados, para que jamás vuelvan a sufrir el mal del pecado ni la muerte eterna de todas sus enfermedades. Y esto ha de ser con cada uno de ellos, redimidos en la tierra y en el más allá, también, como del tormento eterno del infierno y del lago de fuego, para que entonces vuelvan a ver la vida en los días venideros, la cual perdieron por la negligencia de Adán y Eva, por ejemplo, en el paraíso. Es decir, para que entonces sólo vuelvan a conocer: el gozo, la felicidad y la vida eterna con sus muchas bendiciones y dones celestiales de su Espíritu Viviente, en sus vidas terrenales y en sus nuevas vidas celestiales, como en La Nueva Jerusalén Santa y Eterna, del nuevo reino de Dios y de su Árbol de vida, el Señor Jesucristo. Hoy en día, mi estimado hermano y mi estimada hermana, tú mismo has sido como Abraham o como Sara, por ejemplo, esperando por mucho tiempo la llegada del Cristo, del Hijo de Dios, para que cambie tu vida drásticamente, pero con los dones y los poderes sobrenaturales e infinitos de su amor eterno. Y así no sufras más el mal del pecado ni la amenaza constante de su muerte en la tierra y en el más allá, también. Destruyendo así el Señor Jesucristo todos los poderes del pecado, de maldición y de muerte eterna, en tu corazón y en tu alma viviente, también, los cuales han estado dificultando y, también, enfermando tu corazón y todo tu cuerpo, sin que tú te des cuenta de nada ni del mal de las palabras de Lucifer, en tu vida. Es por eso, que Dios te ha llamado así como llamo a Abraham en su día, ha recibir de su sangre y de su vida infinita, al tan sólo creer en tu corazón en su pacto infinito de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Y esto es poderes sobrenaturales en ti, desde el instante que el Señor Jesucristo esté viviendo en tu corazón, en la tierra y en el cielo, también, para jamás volverte permitir a que te alejes de Él, como Adán y Eva lo hicieron por error, en sus días celestiales en el paraíso, para mal de muchos en toda la tierra. Porque todos los males que toda la humanidad ha sufrido, comenzando con Adán y Eva mismos, han sido por causa de las palabras mentirosas y llenas de muerte, del corazón engañoso y de los labios mentirosos, de Lucifer y de la serpiente del Edén, por ejemplo. (Y estas palabras viven en cada pecador y en cada pecadora, y sólo la palabra de la Ley o de Cristo las pueden remover de la vida del hombre de toda la tierra, en un momento de fe y de oración, en el nombre salvador de nuestro Señor Jesucristo.) Por eso, le he pedido a nuestro Padre Celestial, que Él esté siempre con cada uno de ustedes, como estuvo con nuestros antepasados, por ejemplo, como Adán en el paraíso o como Abraham y muchos más en la tierra; y así entonces jamás los desampare ni los deje, por el error o por el pecado o maldad de nadie. Y todo esto es posible en cada uno de todos nosotros en toda la tierra, si tan sólo levantamos nuestras oraciones en el espíritu de fe, del nombre bendito del Señor Jesucristo para el bien de nuestras vidas y de muchos también, en todos los rincones de la tierra. Por lo tanto, que nuestro Dios mismo incline nuestro corazón hacia él mismo con los dones y los poderes sobrenaturales de su Espíritu Santo, para que andemos en sus caminos y guardemos día y noche en nuestros corazones: sus mandamientos sagrados, sus leyes y sus decretos eternos, que mandó a nuestros antepasados, en los días de la antigüedad, por ejemplo. Porque cada palabra, que nuestro Dios les entrego a nuestros antepasados, ha sido por bendición, por amor, para alcanzar mucho más que la vida eterna, en el nuevo reino de los cielos. Es decir, para que nosotros vivamos y así jamás tengamos que morir por culpa del pecado de ningún pecador o engañador, como Lucifer, por ejemplo, en el paraíso con Adán y Eva, quienes perdieron sus vidas, pero no el amor y la misericordia de Cristo, por creer a la mentira, en vez a la verdad, en sus corazones eternos. Por esta razón, nuestras oraciones deberían de ser por siempre de que nuestro Padre Celestial esté con cada uno de nosotros, en todos los momentos de nuestras vidas por la tierra, hasta que entremos en su gozo celestial, en el más allá, en su nuevo reino infinito de su Árbol de vida eterna y de su Espíritu Santo. Porque en éste mundo nuestro, el hombre no puede vivir sin la presencia de Dios y de su Espíritu Santo, en su corazón y en toda su alma viviente, ya que Lucifer con sus ángeles caídos está rondando la tierra, como "león hambriento", para ver a quien devorar con su espíritu destructor, de gran mentira y de gran maldad infinita. Es por eso, que en el comienzo de todas las cosas, nuestro Padre Celestial envía al mundo a su Espíritu Santo, con grandes poderes y autoridades de parte de Él mismo, para subyugar a cada una de las profundas tinieblas de Lucifer, en todos los lugares de la tierra, para preparar el camino de la llegada del hombre. Porque sin la presencia santa del Espíritu Santo derramándose por todos los lugares del mundo, entonces la vida en la tierra fuese tan imposible, en aquellos días y hoy en día, también, como lo ha sido desde siempre en los demás planetas de nuestro cosmos, como Mercurio, Marte, Júpiter, por mencionar unos cuantos, por ejemplo. (Puesto que, cada uno de estos planetas, por muy grandes o misteriosos que sean no tiene vida, porque el Espíritu de Dios no se ha derramado, como se derramo sobre la tierra, génesis 1:2, por ejemplo, para empezar toda vida, como la conocemos hoy en día en nosotros mismos y en todo el mundo, también, de la antigüedad y de siempre.) Pero gracias al amor de Dios por el hombre y por toda la tierra, también, que no sólo les entrego de su Espíritu Santo con sus muchos dones y poderes sobrenaturales para que tengan vida, sino que también les entrego mucho más que todo esto. Y esto fue que les entrego a su Hijo amado, el Señor Jesucristo, con toda su vida santísima, llena de verdad y de justicia infinita para todos, para que tengan vida eterna en la tierra, hoy en día y por siempre, en el infinito, como en su nuevo reino celestial. Y ésta vida infinita de Dios y de su reino celestial no la puede despreciar nadie, como lo hicieron Adán y Eva en el paraíso, por ejemplo, en su días de gran engaño por el enemigo numero uno de Dios, Lucifer, para mal de ellos mismo y de muchos en toda la humanidad, del ayer y de siempre. Entonces nuestras oraciones han de ser por siempre a nuestro Padre Celestial, que él mismo descienda del cielo, como su Espíritu Santo y como su Hijo amado lo tuvieron que hacer en sus días, para hacer su voluntad y así entonces bendecir con dones espirituales y vida celestial a todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera. Y si nuestro Dios desciende a la tierra, entonces ha de ser por medio de su Espíritu y por la palabra de la gran obra de su Ley y de su Árbol de vida, el Señor Jesucristo, en el corazón de cada uno de nosotros, en nuestros millares, en todos los lugares de la tierra, para darnos más de Él. Y así no abandonarnos jamás por culpa de las palabras de gran maldad y de muerte eterna, como las palabras de Lucifer o de cualquier pecador o engañador de toda la tierra, por ejemplo. Es decir, para llenarnos más y más de Él y de sus riquezas infinitas, también, para caminar por sus caminos en todos los días de nuestras vidas por la tierra y en el cielo, también, como en su ciudad celestial, La Gran Jerusalén Eterna e Infinita, del nuevo reino de los cielos. Ahora, para nosotros poder caminar por los caminos del SEÑOR en la tierra o en el paraíso, entonces tenemos que caminar por el camino de su Árbol de vida, su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Porque éste camino de nuestro Dios es santo para él y para cada uno de todos nosotros: hombres, mujeres, niñas y niños de la humanidad entera así como a ángeles eternos del reino de los cielos. Dado que, si nosotros no caminamos con el nombre del Señor Jesucristo en nuestros corazones, entonces jamás tendremos "la luz celestial de nuestro Dios y Creador", para caminar por siempre por sus caminos eternos, ya sea en la tierra o en el nuevo reino de los cielos, en el más allá. Porque sólo por medio de los pasos o del camino del Árbol de la vida, entonces hemos de nosotros poder encontrar y por siempre caminar por los caminos santos y eternamente honrosos de nuestro Dios y Creador de nuestras vidas, en la tierra y en el cielo, también, para siempre. Y cuando Lucifer como cada uno de sus seguidores y hasta como Adán y Eva comenzaron a caminar por sus propios caminos, sin que Jesucristo sea parte de sus vidas, entonces tuvieron que abandonar la vida santa del más allá, no porque Dios los haya abandonado, sino porque la misma tierra del cielo no reconoció jamás sus pasos sobre ella. Fue por esta razón que el Señor Jesucristo les enseñaba a los gentíos de Israel, como hebreos y gentiles, día y noche y sin cesar, de que sólo Él es el camino, la verdad y la vida santa al Padre; y fuera de él nadie podrá ver al Padre, jamás en esta vida ni en la vida venidera, tampoco, para siempre. Porque nuestro Padre Celestial no inclina sus ojos a la tierra, al paraíso o al reino de los cielos si los pasos del ángel o del hombre no son los pasos santos de su Hijo amado sobre la tierra de sus cielos, por ejemplo. Es más, nuestro Dios jamás ha reconocido los pasos de ningún ángel u hombre del paraíso o de la tierra, que no sean los pasos de su Árbol de vida, de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, en cada uno de ellos. Por eso, el Padre Celestial siempre les decía a los antiguos que permanezcan fieles a Él, en donde sea que los lleve por toda la tierra, en el poder de su Espíritu Santo. Y que nunca se aparten de su libro de la Ley, la Santa Biblia, como éxodos 20, por ejemplo; para que mediten en Él de día y de noche, para que guarden y cumplan todo lo que está escrito en su palabra sagrada, para el bien eterno de sus almas y de sus hijos por generaciones venideros. Y sólo así entonces tendrán éxito, y todo les saldrá bien, en todos los lugares de la tierra, por donde sea que vayan, en todos los días de sus vidas y de los suyos, también, para siempre, y hasta en el más allá, como en el paraíso o en el nuevo reino de los cielos, por ejemplo. Y los hebreos le obedecían al SEÑOR en su palabra viva, para no ofenderle, y para que todo les salga bien siempre, en todo lo que emprendiesen con sus manos. Por ello, como los hebreos obedecían a su palabra: Palabra por palabra, letra por letra, tilde por tilde y significado por significado, entonces ellos eran bendecidos grandemente por Dios, y hasta aun en los lugares más terribles de la tierra y en contra de ejércitos mucho más poderosos que ellos, en el desierto de Egipto. Y ellos vencían a sus enemigos una y otra vez, no porque sus ejércitos fuesen muy poderosos, sino por obedecer a palabra y al nombre sagrado de su Dios y de su "Cordero Escogido", para bendecir y para salvaguardar sus vidas de todo mal del enemigo. Pues, además, el Ángel del Señor siempre estaba con ellos, por donde sea que tuviesen que ir, cuando "la Shekinah" (nube celestial) de Dios se movía de su lugar. Porque el SEÑOR siempre estuvo con ellos sobre su Shekinah, para llevarlos por todos los lugares que tenia que llevarlos, para enseñarles de sus poderes sobrenaturales y más que todo de sus estatutos, de su palabra y de su nombre santo, también. Porque sus corazones tenían que ser instruidos por el espíritu de su palabra, para que entonces vivan sólo por Él, así como en el cielo los ángeles han vivido delante de él y de su Árbol Viviente, desde los comienzos de todas las cosas, es decir, desde los primeros días de la antigüedad y hasta nuestros tiempos, por ejemplo. Para que todo entonces sea hecho por siempre en ellos: en verdad y en su justicia infinita de su Espíritu Santo y de la palabra de su Ley Viviente y de su Gran Rey Mesías, el Cristo Celestial de la humanidad y de la nueva eternidad venidera, por ejemplo. Porque en la palabra de la Ley y del nombre sagrado de nuestro Dios, hay poder en el corazón y en toda la vida del hombre, de la mujer, del niño y de la niña, obediente a su llamado y a su causa justa. Causa justa de Dios, como siempre de su corazón y de su alma viviente: por la verdad y por la justicia infinita de todos sus hijos e hijas, en la tierra y en el paraíso, también, hoy en día y por siempre, en la eternidad. Y ésta Ley que Dios nos ha llamado a cuidarla, guardarla en tiempos buenos y hasta malos, también, sea para vida o para muerte, es la misma vida de nuestro Gran Rey Mesías, el Señor Jesucristo. Por lo tanto, sólo el Señor Jesucristo es su causa justa de su vida santa del reino de los cielos, es decir, "su única verdad y su justicia infinita" para su corazón santo, en la tierra y en el más allá, también, hoy en día y por siempre. Pues entonces créetelo ya, mi estimado hermano: el Señor Jesucristo es la Ley, y la Ley es el Señor Jesucristo, en el corazón de Dios y en el corazón de todo hombre, mujer, niño y niña, así como siempre lo ha sido para los ángeles del reino celestial, por ejemplo, a través de los siglos y hasta nuestros tiempos. Y esto es algo o una ley espiritual de la tierra y del reino de los cielos, la cual jamás cambiara, sino que seguirá siendo verdad por los siglos de los siglos, como siempre lo ha sido desde los primeros días de la antigüedad y hasta nuestros tiempos, por ejemplo, para el bien eterno de su alma viviente. Porque toda la palabra de la Ley de Dios es la vida misma perfecta y salvadora del Señor Jesucristo escrita en las primeras tablas, en las segundas tablas de Moisés, por ejemplo, y así sucesivamente en las tablas de Israel y en las tablas de las demás naciones de toda la tierra, de nuestros días y de siempre, también. Por lo tanto, el que ha honrado la Ley de Dios, entonces ha honrado en su corazón y en toda su vida, también, la vida misma del Hijo amado de Dios, el Cristo de Israel y de la humanidad entera. Y esto fue algo, por cierto, que Adán y Eva no pudieron entender ni menos hacer en sus días de vida en el paraíso, para cumplir toda verdad y toda justicia, para el bien de ellos mismo y de sus descendientes, por doquier, para la nueva eternidad venidera. Histórico y comprobado, sólo el Señor Jesucristo es el único posible salvador del alma perdida de todo pecador y de toda pecadora, en los días de la antigüedad del paraíso y así también en toda la tierra de nuestros días y de siempre. Por eso, el que ama la Ley de Dios, entonces está amando al gran rey Mesías, el Hijo de David, el Señor Jesucristo. Y es en éste espíritu de amor sobrenatural, de la palabra de la Ley de Dios, que verdaderamente cubre todo pecado, delante de los ojos de Dios y en sus libros del reino de los cielos son borrados, para no volverse acordar de ellos jamás. Comprobado completamente entonces, que ha sido el amor sobrenatural de nuestro Señor Jesucristo que ha cumplido, honrado, exaltado en gran medida espiritual: cada palabra, cada letra, cada tilde y cada significado eterno de la Ley de Dios y de nuestra vida y salvación infinita, en la tierra y en el paraíso, también, para miles de siglos venideros en la nueva eternidad venidera. Es por eso, que para Dios todo aquel que guarda su Ley Viviente en su corazón, entonces está también guardando la misma vida del Señor Jesucristo, para que sea manifestada en él o en ella, en esta vida y en la vida venidera, del nuevo reino de los cielos. Porque en el cielo, como en la tierra, para Dios "sólo existe una vida eterna"; ésta vida eterna es la misma Ley Viviente o el Señor Jesucristo (y fuera del Señor Jesucristo no hay vida o Ley alguna aceptable delante de los ojos de Dios y de su Espíritu Santo). Porque el Señor Jesucristo es la Ley de Dios vivida: palabra por palabra, letra por letra, sin jamás haber quebrantado ninguna de sus tildes ni de sus significados eternos, en el cielo ni menos en la tierra, de nuestros tiempos y de siempre. Por esta razón, todo aquel que ha recibido al Señor Jesucristo en su corazón, entonces también ha recibido al Padre Celestial con su Espíritu Santo y cada una de sus huestes celestiales de la vida santa, del reino de los cielos. Porque sólo en el Señor Jesucristo nuestros corazones y nuestras almas vivientes podrán por siempre: cumplir, honrar y exaltar la Ley de Dios, en la tierra y así también en la nueva vida infinita del nuevo reino celestial de Dios y de sus huestes angelicales, del más allá. Y esto es bendición y vida eterna, es decir, salud y prosperidad para nuestros corazones y para nuestras almas vivientes, en la tierra y en el paraíso, hoy en día y para siempre, en el más allá. Es decir, que nuestros corazones y que nuestras almas vivientes, también, jamás sufrirán más el mal del pecado y la amenaza de la muerte eterna, en la tierra ni menos en el infierno. Es por eso, que todo aquel que ha recibido al Señor Jesucristo en su corazón, entonces todos los dones del Espíritu de Dios y de la vida misma del Árbol de la vida son parte de su corazón y de su alma viviente, en la tierra y en el paraíso, también, para la eternidad venidera. Para que sea su corazón y toda su alma viviente por siempre bendecido por Dios, en todo momento de su vida, para gloria y para honra infinita de su nombre santo y así y a no vuelva a sufrir enfermedades terribles de su cuerpo, de su corazón y de su alma viviente, también, por ejemplo. Porque el nombre de Dios, el cual Lucifer trata de deshonrar al exaltar su nombre inicuo más alto que el nombre sagrado en el corazón de los ángeles, tiene que ser exaltado y honrado por siempre por cada ángel del cielo y por cada hombre, mujer, niño y niña, del paraíso y de toda la tierra, también, por ejemplo. Es por eso, también, que todo aquel que ha honrado el nombre del Señor Jesucristo en su corazón, al creer en él y en su gran obra sobrenatural, la cual lleva acabo sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en Israel, para cumplir la Ley de Dios, entonces Dios le ama para su reino infinito. Por ello, el que tiene a Jesucristo, entonces Dios le ha puesto fin a su pecado y a su muerte, no sólo en la tierra, sino también en el más allá, como en el infierno y en el lago de fuego, para que su alma viviente ya no tenga pecado, ni menos muerte para todo su ser, para siempre. Por eso, nunca permitas que se aparte de ti y de tus labios el nombre del Señor Jesucristo, sino que medita en Él, quien realmente está lleno de dones y de poderes sobrenaturales de parte de nuestro Padre Celestial, para bendecir día y noche tu corazón y toda tu vida, mi estimado hermano y mi estimada hermana. Y sólo así entonces prosperes en todo lo que pongas tus manos a la obra, en cualquier momento y en cualquier lugar de toda la tierra, también, por siempre, para gloria y para honra infinita de tu Dios y Fundador de tu alma y de toda tu vida eterna, ¡el Todopoderoso, el Santo de Israel! Libro 139 OBEDIENCIA A DIOS El Señor Jesucristo es la única obediencia perfecta, que complace al corazón de nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo, cuando entra por el espíritu de fe, en el corazón del ángel del cielo y de todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera. Porque el Señor Jesucristo "es la vida perfecta" de la Ley de Dios; o muy bien podríamos decir, que la Ley es el Señor Jesucristo, cumplida y sumamente honrada, en el cielo y en la tierra, para que la voluntad de Dios se haga en la tierra, para siempre, así como en el cielo. Y sin el Señor Jesucristo, en la vida del ángel del cielo o del hombre del paraíso o de la tierra, entonces deja de existir para Dios, en su vida celestial del reino de los cielos, hasta que recapacite su corazón y acepte a su dador de la vida, su Árbol de vida infinita, su Hijo amado, el Cristo. Porque todo ángel del cielo sin Cristo Jesús en su vida, entonces sea perdido en las tinieblas de su propio corazón. Y lo mismo le sucedió a Adán y a cada uno de sus descendientes, comenzando con Eva, por que Eva fue quien gusta primero del fruto prohibido del árbol de la ciencia, del bien y del mal, para mal de muchos en toda la humanidad infinita, de Dios y de su Espíritu Santo, por ejemplo. Por ello, la misericordia de nuestro Padre Celestial es para los que le aman a él, por medio de su Árbol de vida, desde la eternidad y hasta la nueva eternidad, de su nueva vida infinita, en su gran ciudad celestial, La Jerusalén Santa y Eterna de su gran rey Mesías, ¡el Cristo de Israel y de la humanidad entera! Porque todo aquel que ama su Ley, entonces también ama de todo corazón a su Hijo amado, "el Cordero Escogido de Dios y de Moisés" para ponerle fin al pecado, del hombre en toda la tierra, de hoy en día y de siempre, en la nueva eternidad venidera. Por eso, su justicia infinita de su Hijo, es para los hijos de los hijos de los que guardan su amor en sus corazones, para poner por obra sus mandamientos eternos, en la tierra, para sanar al enfermo y levantar al caído y así entonces se regocijen en sus corazones, en el nombre sobrenatural de su gran salvador celestial, Jesucristo. Porque Dios ha enviado a su Ley Santa a la tierra, para que su pueblo se regocije en ella y en sus muchas bendiciones de sanidad y de salvación infinita, durante sus días de vida por la tierra y en el paraíso también, para miles de siglos venideros, en el más allá. Ya que, la verdad es que la Ley de Dios es "gozo eterno" para su corazón y para el corazón de cada uno de sus ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás seres santos, de su reino celestial, como todo hombre, mujer, niño y niña, redimidos por la obediencia al pacto de la sangre bendita, de su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Porque este pacto de sangre divina y de la Ley Sagrada de nuestro Dios es para vida eterna, en el corazón y en el alma viviente de todo ángel del cielo y para todo hombre de toda la tierra, también. Es por eso, que nuestro Dios siempre le ha "urgido al hombre", de buena fe y de buena voluntad, de siempre leer su palabra santa, para que sus protecciones y sus muchas bendiciones, de los lugares altos de los cielos y de la tierra, jamás le falten en su vida a él o a los suyos. Y esto ha de ser por siempre día y noche, en todos los días de su vida en la tierra y hasta que entre de lleno finalmente, al nuevo reino de los cielos, por ejemplo, en el más allá de Dios y de su Árbol de vida infinita, ¡el Señor Jesucristo! Ciertamente, el mundo y su vida rebelde a su Dios y a su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, están pasando, pero no así con la palabra de Dios. Porque "la verdad y la justicia" de la Ley de Dios no ha de pasar jamás, sino que han de seguir viviendo por los siglos de los siglos, en los corazones de los hombres, mujeres, niños y niñas, que han recibido en sus vidas a Jesucristo, como su único redentor posible, en esta vida y en la venidera, también. Porque en la nueva vida infinita, sólo el espíritu de obediencia: a la verdad y a la justicia de la Ley, realmente ha de existir por siempre, en los corazones de los fieles, al nombre sagrado del Señor Jesucristo, como siempre ha sido a través de los siglos, en los corazones de todos los ángeles, del reino de los cielos. Y si la Ley de Dios ha de permanecer para siempre, como su Árbol de vida eterna en la tierra y en el cielo, también, por ejemplo, entonces tú también has de permanecer por siempre en la nueva era venidera, del nuevo reino de Dios. Puesto que, Jesucristo vive en ti y Dios te ama de todo corazón por todo ello, en tu vida terrenal y en tu nueva vida celestial, con Cristo Jesús, único posible salvador de Israel y nuestro también, hoy en día y por siempre, en la nueva eternidad venidera de Dios y de sus huestes celestiales, en el más allá. Porque la verdad es que en esto sabemos muy bien en nuestros corazones, sin duda alguna, de que amamos a nuestro Padre Celestial, solamente si es que amamos de buen corazón su Ley Viviente en nuestras vidas, por más viles o pecadores que hayamos sido (o que seamos) en toda la tierra, por ejemplo. En vista de que, nuestro Padre Celestial no vino al mundo a salvar a los justos solamente, sino a los pecadores primero. Y tú mismo, como los demás, mi estimado hermano y mi estimada hermana, has nacido "en el pecado original de Adán y de Eva", por ejemplo, para morir como el más vil pecador de todos los pecadores de toda la tierra, del ayer, de hoy y de siempre. Por lo tanto, necesitas del perdón de Dios, para entrar a la vida eterna, del reino de los cielos, desde hoy mismo, si tan sólo te "humillas" ante Él, en el espíritu y en la verdad única de su nombre salvador y sobrenatural, el nombre de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Dado que, sin la obediencia a Cristo Jesús en tu corazón, entonces has de morir, para jamás volver a ver la vida eterna, en el más allá, como en el nuevo reino de los cielos o La Nueva Jerusalén Santa e Infinita de Dios y de su gran rey Mesías de tu vida y de la humanidad entera, por ejemplo. Y, además, no dejes que Satanás te robe tu bendición, como lo hizo en su día de gran maldad, no sólo a una tercera parte de los ángeles caídos, sino que también le hizo lo mismo a Adán y a cada uno de sus descendientes, para que se perdiesen y muriesen en el espíritu de su pecado y rebelión eterna. Como sucede hoy en día, por ejemplo, en muchas naciones de la tierra, que aun no han llegado a gustar todo lo bueno y todo lo grandioso que es tener el nombre del Señor Jesucristo viviendo en sus corazones, para que tengan por siempre: "el espíritu que obedece, que honra y que cumple" la Ley de Dios en todo tiempo. Por lo tanto, el que dice que conoce a Dios, pero no guarda sus mandamientos, entonces miente para que su alma se pierda en su propia maldad eterna, en la tierra y en el más allá, como en bajo mundo de los muertos, por ejemplo. Y el alma del pecador se ha de perder, porque la verdad de Dios y de su Jesucristo no está en Él, de ninguna manera ni menos de ninguna forma, tampoco, en esta vida ni en la venidera, también, para siempre. Entonces el que guarda el nombre del Señor Jesucristo en su corazón, no se perderá jamás entre las llamas del infierno, sino que ha de vivir por siempre, porque el nombre del Señor Jesucristo y su Ley Santa viven en él, cumplidas y honradas en perfecta obediencia infinita a su Dios y hacia su vida eterna, en el cielo. Además, su alma vivirá, por más pecador o vil que haya sido su vida en la tierra, porque tanto Dios y como su Ley Eterna: le perdonan cada uno de sus pecados por amor a Jesucristo, para que sea santo y obediente por siempre para su Dios y para la eternidad celestial del nuevo reino de los cielos, por ejemplo. Porque la verdad es que para Dios, el que ama a su Jesucristo en su vida, entonces su amor se ha perfeccionado en él o en ella, para siempre, en la tierra y en el paraíso, también (aunque todavía no haya ascendido a la vida celestial y perfecta del reino de los cielos). Y esto es verdad en todo hombre, mujer, niño y niña, durante su vida por la tierra y hasta que entre por fin con su corazón "obediente" a la Ley, a su nueva vida infinita, en el más allá, en el nuevo reino de los cielos, por ejemplo, como la nueva ciudad celestial del gran rey Mesías, ¡el Señor Jesucristo! Es por eso, que para Dios todo aquel que tiene al Señor Jesucristo viviendo en su corazón, entonces ha cumplido toda obediencia perfecta de la Ley y del corazón santísimo de su Dios y Fundador de su vida, en la tierra y en el cielo, también, para su nueva vida celestial, en el más allá. En otras palabras, el hombre "sólo le puede obedecer a su Dios, por medio de su Hijo amado, su Árbol de vida infinita", ¡el Señor Jesucristo! (Ésta es una Ley espiritual del corazón de Dios y del hombre de la tierra inquebrantable para la eternidad.) Y fuera del Señor Jesucristo, entonces nadie jamás podrá obedecer a Dios en su totalidad para recibir sus bendiciones y su salvación infinita de su alma viviente, en la tierra y en el paraíso, también, de Adán y Eva, por ejemplo. Es por eso, que en la antigüedad el profeta Samuel les pregunta abiertamente a todo el gentío de Israel, diciéndoles: ¿Acaso se complace Dios en sus muchos sacrificios y holocaustos, de miles de carneros, toros, becerros y corderos sobre su altar terrenal, antes de que su nombre y su palabra sean oídos y respetados en sus corazones? (La gente le oía de buena gana de sus corazones, a la amonestación del profeta, y no le decían nada; porque simplemente jamás le habían hablado así a ellos de parte de Dios, por tanto, no sabían como responderle.) Además, la verdad es que sólo los que oyen la voz "de aquel" que le hablaba a Moisés de entre el fuego, de la zarza sobre el Sinaí, ha de complacer a Dios, mucho más que todos los fuegos de los sacrificios y de los holocaustos sobre su altar terrenal y celestial, también. Porque aquel quien le hablaba a Moisés, desde entre el fuego de la zarza que ardía, pero no quemaba nada en su derredor, era ni más ni menos el mismo Hijo de David, el Cristo, el único posible salvador de Israel de la antigüedad y de todos los tiempos, también. Por lo tanto, tanto para Samuel y cada hombre, mujer, niño y niña de la antigüedad y como hoy en día, también, por ejemplo, que oiga a la voz del "Cordero Escogido de Dios y de Israel" y obedezca su voz, entonces ha complacido a su Dios, para bien de su alma eterna y de los demás, también. Es decir, que ha cumplido toda verdad y toda justicia necesaria en su vida delante de su Dios y Fundador de su vida celestial, mucho más que todas las verdades y las justicias de los fuegos habidos (y por haber), de los sacrificios y de los holocaustos de sangre de Israel y de la humanidad entera, por ejemplo. En otras palabras, el obedecer a la voz del Árbol de vida o de la voz que se levantaba de entre el fuego de la zarza, sin hacer daño alguno en sobre el Sinaí, sino que tocaba el corazón del hombre hasta que arda para que entienda su llamado para redimirlos de sus males eternos, es muy grandioso para Dios. Es decir, también, que el obedecer a la voz del Señor Jesucristo es mucho más agradable y honorable para Dios, que todos los sacrificios y holocaustos de la humanidad entera, para honrar y para exaltar toda verdad y justicia divina, en la tierra y en el reino de los cielos, para siempre. Ahora, si el Señor Jesucristo ya es parte de tu corazón y de toda tu vida, mi estimado hermano y mi estimada hermana, entonces has llegado hasta lo más alto y sublime del espíritu de obediencia para Dios y para su Espíritu Santo con sus huestes angelicales de su nuevo reino celestial, del más allá, por ejemplo. Es decir, también, que con Jesucristo en tu vida, entonces más obediente para Dios ya no podrás ser; en verdad, habrás llegado hasta el tope de obedecer a Dios, para que comience Él entonces a bendecir tu vida en muchas formas espirituales y terrenales, día y noche y por siempre, en su nuevo reino de los cielos, por ejemplo. Es por eso, que para Dios "el obedecer" a su Jesucristo es más grandioso en tu corazón, como en su corazón santísimo, que todos los sacrificios y holocaustos fenomenales y grandiosos de la antigüedad y de toda la humanidad entera, de nuestros tiempos, por ejemplo, para honrar y para cumplir la voluntad perfecta y salvadora de Dios en tu vida. Y esta voluntad perfecta de Dios en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos, en la tierra y en el paraíso, también, para siempre, mi estimado hermano y mi estimada hermana, es que le ames sólo a él, como amarías por siempre a su Ley Bendita en tu corazón y en toda tu vida infinita. Por esta razón, en tu corazón tienes que por siempre obedecer al nombre santo de su Jesucristo, para cumplir todo sacrificio y toda justicia celestial de nuestro Padre Celestial que está en los cielos. Porque el obedecer a su Jesucristo es mayor que toda las buenas obras de los ángeles del cielo y de los hombres y mujeres de buena fe y de buena voluntad, de toda la tierra, de hoy en día y de siempre. Y, además, el prestar atención a su palabra es por igual mayor y aun más glorioso que todas las glorias infinitas del reino de los cielos y de toda la tierra, también, porque bendice el corazón santo de Dios mucho más que todo lo glorioso del cielo y, por ende, salva tu alma del poder de la muerte. Por eso, no olvides jamás en tu corazón su Ley Santa, mi estimado hermano y mi estimada hermana, para que tus días sean largos y llenos de todo bien de la tierra y de sus cielos glorioso, de su Espíritu Santo y de nuestro Padre Celestial, ¡el único Todopoderoso de Israel y de todas las naciones de la tierra! EL QUE AMA LA LEY, AMA A DIOS El Señor Jesucristo nos ha prometido abiertamente, de que todo aquel que tenga sus mandamientos y los guarde en su corazón, entonces Él es quien verdaderamente le ama. Y el que le amase de todo corazón, entonces será también amado por su Padre Celestial que está en los cielos, y él mismo lo amará y se manifestaré a Él, en cualquier momento y en cualquier lugar de toda la tierra, con tan sólo invocar su nombre bendito con sus labios. Y el mandamiento del Señor Jesucristo ha sido desde siempre, de que lo amemos a él, al tan sólo creer en sus palabras y en sus obras santas, en nuestros corazones, al confesar su nombre bendito con nuestros labios, delante de Dios y de sus ángeles santos que están en los cielos, por ejemplo. Porque tanto nuestro Dios, como sus santos ángeles, vive en la vida santa del reino de los cielos, siempre esperando por la alabanza y la honra de su nombre santo, de los labios de cada uno de nosotros, de los que le hemos recibido en nuestros corazones y en nuestras vidas, también, a su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Porque el Señor Jesucristo es "el perfecto mandamiento de Dios" a cumplirse en el corazón y en la vida de cada ángel del cielo y en la vida de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, de hoy en día y de siempre, en el más allá, en su nueva vida infinita de su nuevo reino celestial. Por lo tanto, nosotros estamos llamados por nuestro Dios mismo, así como los ángeles del reino, por ejemplo, ha honrarlo, fieles y obedientes por siempre en la tierra y en el reino de los cielos, desde hoy mismo y como siempre, en la eternidad venidera, sólo en la vida justa y perfecta del Señor Jesucristo. Y esto ha de ser por siempre verdad con cada uno de nosotros, de los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, en la tierra y en su nuevo más allá, de su Espíritu Santo y de su Árbol de vida infinita, como siempre ha sido también para todos los ángeles del reino de los cielos. Por lo tanto, el que no ama a Dios, entonces jamás podrá amar verdaderamente a su Jesucristo; porque el que ama a Jesucristo entonces está amando a su Dios y Creador de su alma viviente, en esta vida y en la venidera, también, como en su nueva vida infinita de su gran ciudad celestial, La Nueva Jerusalén Santa y Eterna. Además, todo aquel o toda aquella que no ame a su Hijo amado, el Señor Jesucristo, entonces para Dios ha de estar cometiendo una vez más "el mismo pecado que Eva y Adán cometieron en el paraíso", por ejemplo. Y esto sucedió, en el día que comieron de las palabras de Lucifer en el paraíso, en vez de comer de las palabras, de su Hijo, su único Árbol de vida, el Señor Jesucristo, para bendición y para salvación eterna de sus almas vivientes y de sus descendientes, también, para miles de generaciones venideras, en la nueva eternidad celestial. Y Dios ya no desea ver éste mismo pecado de Adán y de Eva, por ejemplo, volverse a cometer con ninguno de sus descendientes, en la tierra ni menos en el más allá. Porque todo hombre, mujer, niño o niña, de los que vuelvan a cometer el mismo pecado de Adán, entonces han de morir irremisiblemente en su maldad, en su rebelión eterna hacia Él y hacia su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo; pues perdidos eternamente y para siempre, descenderán entre las llamas de la ira de Dios en el infierno. Es por esta razón, de que Dios no ha deseado jamás que nadie vuelva a comer del fruto prohibido del árbol de la ciencia, del bien y del mal, para que su cuerpo y su alma viviente jamás comiencen a morir. Como los cuerpos y las almas eternas de Adán y de Eva, por ejemplo, comenzaron a morir en el paraíso, en el día de su gran rebelión ante Él y ante su Jesucristo, su fruto de vida infinita. Además, esto sucedió con Adán y con cada uno de sus descendientes, comenzando con Eva, por ejemplo, al no gustar de Él, como la palabra de Dios, como el verbo de Dios, se les había ordenado, desde el comienzo de todas las cosas, para que sus cuerpos y sus espíritus humanos sean llenos de la nueva vida infinita. Y así no mueran jamás confundidos en las palabras mentirosas y llenas de muerte eterna, del pecado y de la rebelión eterna de Lucifer y de sus ángeles caídos, por ejemplo. Pero aunque todo esto es verdad, la promesa de Dios, de amor y de fidelidad infinita, aun permanece firme hasta nuestros días, por ejemplo, para con cada uno de todos nosotros, en nuestros millares, de todos los hombres, mujeres, niños y niñas, en todos los lugares de la tierra. Y esto es que el Señor Jesucristo nos amara, eternamente y para siempre, como siempre ha amado a su Padre Amado, el Todopoderoso de la humanidad entera, si tan sólo le somos fieles a Él y a su nombre, con nuestros corazones y con nuestros labios, en la tierra y en el paraíso, también, como en su nuevo reino celestial. Si, así es mi estimado hermano y mi estimada hermana, es promesa eterna de nuestro Dios: Todo aquel que ame al Señor Jesucristo, entonces será amado por Él mismo con todos los poderes sobrenaturales de su corazón santísimo. Y si su amor es verdadero en su corazón humano para con su único Dios Celestial, entonces Jesucristo se ha de manifestar en su vida, una y otra vez y por siempre, en su nueva vida infinita del nuevo reino de Dios y de sus huestes angelicales y de hombres, mujeres, niños y niñas, eternamente fieles a su nombre sagrado. EL QUE HACE LA VOLUNTAD DE DIOS ES HERMANO, HERMANA, DE CRISTO Porque cualquiera que hace la voluntad de nuestro Padre Celestial que está en los cielos, entonces ése es el hermano, la hermana y hasta la misma madre de nuestro Señor Jesucristo, en la tierra y en el paraíso, para siempre. Es por eso, que hasta el pecador o la pecadora más vil de toda la tierra, si se arrepiente de su pecado, entonces tiene su vida asegurada en el espíritu de la sangre bendita, de nuestro salvador eterno, ¡el Señor Jesucristo! Y el Señor Jesucristo no ha rechazado jamás a ningún pecador o pecadora que se haya acercado a Él, para recibir de su perdón y de sus muy ricas y gloriosas bendiciones de su vida inmaculada y de la vida misma del Espíritu Santo, de nuestro Padre Celestial. Por lo tanto, ésta es la voluntad perfecta de nuestro Dios para todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, de que crean en sus corazones y así confiesen con sus labios en el espíritu de obediencia perfecta a su Dios, de que el Señor Jesucristo es su Hijo, para alcanzar y cumplir mayores santidades en su vida. Dado que, todo el que crea en el nombre y en la vida gloriosa de su Hijo amado, entonces ha de tener su salvación celestial asegurada en esta vida y en la venidera, también, como en la nueva ciudad celestial del más allá, La Nueva Jerusalén Santa y Eterna de su gran rey Mesías, el Señor Jesucristo. Y esta ciudad santa del gran rey Mesías, sólo habitaran hermanos, hermanas y madres obedientes a Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Porque en el día que Dios crea al hombre y a la mujer, fue para que ellos fuesen transformados, en un momento de fe y de oración, en su nombre sobrenatural y redentor, en hijos e hijas de su prado celestial, es decir, en hermanos, hermanas y madres eternas de su Árbol de vida, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Puesto que, en el reino de los cielos sólo se hace la voluntad perfecta de Dios. Y el único que realmente ha sabido hacer la voluntad perfecta de nuestro Padre Celestial ha sido el Señor Jesucristo, desde siempre y hasta nuestros tiempos, también, en tu mismito corazón humano y hasta imperfecto por culpa del pecado de Adán y Eva, mi estimado hermano y mi estimada hermana. Es por eso, que Dios es tan feliz de su Jesucristo y lo llama sin tener ninguna vergüenza de él, en su único Hijo Santo, en la tierra y en el cielo, para siempre. Pues así mismo Dios también ha deseado desde siempre en llamar a todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, su hijo amado o su hija amado. Pero nada de esto es posible en ninguno de ellos, por más santa que haya sido su nacimiento, su vida y hasta su muerte final en la tierra, si Cristo no ha llegado a su corazón, para tocar y bendecir su alma viviente con su sangre y con su nombre santísimo y eternamente honrado. Porque es sólo el fruto divino de su Árbol de vida eterna, que realmente cambia, transforma, llena la vida del ángel, el alma viviente del hombre de la humanidad entera, para que viva para ver la vida y a su Dios eterno. (Porque nuestro Padre Celestial no es un Dios de muertos, sino de vivos.) Y sin Cristo, entonces ningún ángel, arcángel, serafín, querubín, hombre, mujer, niño o niña de la humanidad entera, podrá jamás ser lleno de vida y de santidad perfecta delante de Dios, en la tierra y en el reino de los cielos, hoy en día y por siempre, en la eternidad venidera. Es más, fue por esta razón, que Lucifer y cada uno de sus ángeles caídos, comenzaron a perder sus vidas celestiales, delante de Dios y de su Espíritu Santo, porque Jesucristo ya no estaba en ellos. (Pues ninguno de ellos ya no tenía valor, como cuando fueron creados por la palabra de Dios. Pero ahora, eran de la palabra del fruto prohibido del árbol de la ciencia del bien y del mal, para mal eterno de sus espíritus para siempre, en el infierno, en donde mora la palabra de la gran mentira y la gran decepción.) Por lo tanto, por más santos que hayan sido en sus espíritus celestiales, por muchos siglos en el reino de Dios, si Cristo ya no es parte de su corazón y de sus vidas celestiales, entonces no tienen ningún valor de santidad, de perfección y de amor delante de Dios y de sus huestes de ángeles santos del reino. Y entonces ya no tienen razón alguna para seguir viviendo sus vidas indiferentes, a la vida sagrada del Señor Jesucristo, en el reino de los cielos o en toda la tierra. Es por eso, que Lucifer, sin Cristo en su vida, entonces ya no pensaba bien, sino sólo mentira (como si hubiese sido creado por las palabras de mentira por un diablo más diablo que él mismo, su nombre inicuo, Lucifer). Es más, Lucifer sólo pensaba en su corazón perdido en las tinieblas de exaltar su nombre inicuo más alto que el nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Y como una tercera parte de los ángeles del cielo creyeron en sus corazones, de que Lucifer si podía exaltar su nombre inicuo más alto que el nombre de su Creador, entonces también pecaron y se perdieron eternamente y para siempre en las tinieblas de éste horrendo pecado mortal para cada uno de ellos, para la eternidad. Pecado mortal de Lucifer y de sus ángeles rebeldes, el cual ya no tiene perdón para Dios en su corazón santo, para ninguno de ellos, en toda su creación, en esta vida y en la venidera, también, para siempre. Entonces habiendo dicho lo anterior, pues vemos claramente aquí, seres vivientes, seres creados, por la palabra de Dios, que en su día fueron santos delante de Dios, pero como rehusaron hacer la voluntad perfecta de Dios en sus corazones, entonces se perdieron en sus profundas tinieblas, para abandonar la vida santa del cielo por la del infierno candente y tormentoso. Pues esté es el mismo final de todo pecador y de toda pecadora, que ha rehusado creer en su corazón en el nombre del Señor Jesucristo y ni tampoco le ha confesado con sus labios, para gloria y para honra infinita de nuestro Padre Celestial que está en los cielos, por ejemplo. Ahora mis estimado hermano y mi estimada hermana, si la voluntad perfecta de Dios, por la cual te ha creado con sus manos santas, para que hoy en día viva tu alma eterna, ha de ser para que recibas vida en abundancia en su Hijo amado, viviendo en tu corazón, entonces ¿qué esperas para dejarlo entrar en tu vida? ¿Qué es lo que no te deja hacer lo correcto delante de tu Dios y Creador de tu alma viviente? ¿Será el espíritu rebelde de Lucifer en tu corazón? ¿O quizás sea tu corazón desobediente a su nombre santo, Jesucristo? Sea lo que sea, jamás podría ser algo mayor o mejor que Dios, en todo lo que es tu corazón hoy en día o en la eternidad. Por lo tanto, tú mismo tienes el poder y la voluntad propia de dejar a un lado, aquello que te obstaculiza recibir a Jesucristo en tu corazón, para entonces hacerlo, en un momento de fe y de oración, en el nombre amado de Dios, el Señor Jesucristo, tu único salvador de tu vida, para siempre. Y sólo así entonces tú comiences a vivir tu vida, tal cual Dios te ha llamado, desde las profundas tinieblas de la tierra y del más allá, para que vivas delante de él y de sus huestes de ángeles santos, en la tierra y en su nuevo reino de los cielos, también, para siempre. EL QUE SE OFRECE A SERVIRLE A OTRO, ESCLAVO DE ÉL ES En verdad, en el nuevo reino de los cielos sólo han de vivir, con Dios y con sus huestes de ángeles santos, los que aman a su Árbol de vida eterna, su Jesucristo, el Santo de Israel y de las naciones del mundo entero. Es por eso, que el que vive por el pecado, entonces es siervo del mal eterno y ciudadano o ciudadana perfecta del bajo mundo de los muertos, el infierno. En otras palabras: ¿No saben que cuando se ofrecen a alguien para obedecerle como esclavos, son esclavos de aquel que obedecen, ya sea del pecado para muerte o de la obediencia para justicia y vida eterna? Pues entonces no sean como Adán y Eva en el paraíso, por ejemplo, porque desde el principio de la humanidad entera, ambos comenzaron a obedecer al fruto prohibido del árbol de la ciencia, del bien y del mal, Lucifer, cuando Dios mismo los había llamado a obedecer tan sólo al fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo, para que vivan. Para que entonces no sólo Adán y Eva viesen la nueva vida eterna en el paraíso y en toda su nueva creación celestial, sino también cada uno de sus descendientes, en sus millares, como tú y yo hoy en día, en todo el reino de los cielos y por toda la tierra, de nuestros días y de siempre, por ejemplo. En otras palabras, también, podríamos muy bien decir, y sin equivocarnos, de que Dios había creado al hombre, a la mujer, al niño y a la niña, ha ser siervos y esclavos eternos de su Árbol Viviente, su Hijo, el Señor Jesucristo, para que entonces viviesen eternamente, sin jamás ver la muerte, en la tierra ni menos en la eternidad. Porque nuestro Dios es un Dios de vida y de los que viven y no de los muertos, de los que ser pierden para siempre, para luego morir en su segunda muerte infinita, en el lago de fuego, en el más allá, por ejemplo. Pero Adán jamás entendió ésta gran verdad infinita en su corazón, para complacer a su Dios en cada una de sus palabras y en cada momento de su vida santa, delante de ellos mismos y de sus millares de descendientes por venir, en generaciones venideras del más allá, por ejemplo, del paraíso y hasta de la tierra, de nuestros tiempos, también. Porque Dios había creado tanto a Adán como a cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, de hoy y de siempre, para que fuesen transformados "en siervos y esclavos de la verdad y de la justicia infinita, de la vida eterna del reino de Dios", sólo posible en la vida sagrada de su Hijo, ¡el Señor Jesucristo! Puesto que, sin el Señor Jesucristo, en el corazón del ángel del cielo o del hombre del paraíso o de la tierra, entonces no hay verdad alguna, ni menos justicia infinita para agradar a nuestro Dios y Padre Celestial que está en los cielos. Entonces para Dios, el ángel sin Cristo es un diablo (lo vemos en Lucifer y en sus ángeles rebeldes, también); y, de la misma manera, el hombre o la mujer sin Cristo es igual a un diablo (como Adán o como Eva), para destrucción eterna, en su segunda muerte, en el lago de fuego, que arde violentamente con azufre eterno. Es por eso, que a nuestro Padre Celestial jamás le ha agrado cuando ve al hombre o a la mujer, por ejemplo, entregarse a otra gente para servirles, como si fuesen sus esclavos personales para ayudar hacer más maldad y pecados en contra de Dios y de la gente en la tierra. Porque Dios no los ha creado en sus manos santas a ninguno de ellos, para que les sirvan a quienes no le aman a él ni a su Hijo amado, el Señor Jesucristo, sino todo lo contrario. Dios ciertamente los ha llamado, de las entrañas de la tierra, para que sean santos, tan santos como él y como su Hijo amado, para que le sirvan por siempre sólo a Él, en el reino de los cielos y en toda la tierra, también, hoy en día y por siempre, en la eternidad venidera. Por esta razón, mis estimados hermanos y mis estimadas hermanas, no se entreguen a las voluntades perdidas o de maldad de la gente que no ha conocido jamás a Dios en sus corazones, ni le han honrado con sus labios ni menos en sus vidas. Porque hay mucha gente, en el mundo, que solamente buscan el bien para ellos, por capricho o por egoísmo, y no para los demás o para glorificar a Dios y a su Jesucristo en sus vidas. Y esto no es del Espíritu de Dios, del Árbol de la vida eterna, el Señor Jesucristo, sino del espíritu de maldad del fruto prohibido, del árbol de la ciencia, del bien del mal, Lucifer o de alguno (o algunos) de sus ángeles caídos, por ejemplo, para que la maldad y el pecado se incrementen en toda la tierra. Por cuanto, el que ama a Dios, entonces siempre desea el bien para su vida y para los demás también, no importando jamás la persona (o personas) que le rodeen, en cualquier momento de su vida o en cualquier lugar de toda la tierra. Porque la verdad es que Dios está obrando en el corazón y en la vida de aquel hombre o de aquella mujer, para alcanzar bendiciones terrenales y celestiales para su vida y para la vida de los demás, también. Y esto le agrada mucho al corazón santo de Dios y de sus ángeles del reino de los cielos, por ejemplo. Porque la verdad y la justicia infinita del fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo, el único Árbol de la vida de todo ser viviente del cielo y de la tierra, entonces son propagadas y engrandecidas en gran medida espiritual, para gloria y para honra infinita de nuestro Padre Celestial que está en los cielos. Y esta acción de fe, en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña, de todas las familias de la tierra, es lo que realmente hace que Dios mismo se mueva de su trono santo, para acercarse más a la tierra y bendecir toda vida del hombre, para que haya abundancia en su vida y no escasez. Pues Dios se acerca así a la vida del hombre con el fin, de comenzar a bendecir a todos sus siervos y a todas sus siervas fieles a él y al nombre bendito de su Árbol de vida, el Señor Jesucristo, en todas las naciones de la tierra, hasta que nadie se quede sin su bendición celestial y terrenal, también. Porque aquel o aquella que a su Dios sirve, por medio del espíritu de fe, del nombre santo de Jesucristo, entonces lo bendice día y noche y por siempre hasta que entré por fin a su lugar eterno, en el más allá, en su nueva ciudad celeste, La Gran Jerusalén Celestial e Infinita del nuevo reino de los cielos. Es decir, para que le siga sirviendo más y más que antes en su vida por la tierra, por ejemplo, en el espíritu y en la verdad infinita de su fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo, su único y verdadero salvador y maestro de su nueva vida paradisíaca e infinita. Porque estos son los siervos y las siervas que Dios ha creado para que le sirvan sólo a Él, en el espíritu de obediencia eterna de su Ley Viviente en sus corazones, como en el corazón de su Jesucristo o como en el corazón de cada ángel, arcángel, serafín, querubín y demás seres santos de su reino celestial, por ejemplo. EL RESUMEN DEL EVANGELIO: ES TEMER A DIOS Y A SU LEY ETERNA La verdad es que, como lo fue con los antiguos, lo es también hoy en día con todo hombre, mujer, niño y niña, de la humanidad entera, de que tenemos que amar a nuestro Creador sobre todas las cosas, en nuestras vidas y en la vida de los demás, también. Porque el que no ama a su hermano ha quien ve, entonces como podrá amar verdaderamente a quien jamás ha visto, es decir, a nuestro Padre Celestial, a Dios. Es decir, también, que el resumen del discurso oído del evangelio de Dios y de Jesucristo, desde los días del paraíso y hasta nuestros tiempos en la tierra, es: Temer a Dios y guardar su nombre y su palabra, pues esto es el todo del hombre, en su vida por la tierra y posteriormente en el paraíso, por ejemplo. Porque Dios mismo traerá a juicio toda acción, junto con todo lo escondido, sea bueno o sea malo, para que sea juzgada bajo la luz de la verdad y de la justicia infinita de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo. Por eso, es honrado guardar el nombre de Dios junto con su palabra santa en nuestros corazones, para que sus bendiciones y los dones sobrenaturales de su Espíritu Santo siempre estén operando, para bien de cada uno de nosotros y de nuestros familiares, también, en todos los lugares del mundo y aun hasta en el más allá, en el cielo. Visto que, en el espíritu del temor de Dios es que realmente vencemos al miedo del pecado y de sus muchos males eternos también, como enfermedades y sus muertes terribles en la tierra y en el más allá. Es decir, también, de que nosotros no tenemos que haber vivido como los antiguos, por ejemplo, en el pasado o en el más allá, para derrotar a cada una de las profundas tinieblas de Lucifer, que se lancen en contra de nosotros, para hacernos algún mal, porque le servimos a Dios. O más aun, porque sus primeros enemigos, en el paraíso y en la tierra, también, han sido desde siempre cada unos de los descendientes de Adán, por ejemplo, por tan sólo haber sido formados por las manos de Dios, en la imagen y conforme a la semejanza perfecta, del Árbol de vida, del reino de los cielos, ¡el Señor Jesucristo! Y si nosotros tenemos un enemigo tan cruel, sin corazón humano en su pecho, y que tiene el talento de matar a sangre fría a quien sea, porque simplemente no es de su agrado, entonces tenemos que vivir siempre con el nombre del Señor Jesucristo y con los dones sobrenaturales de su Espíritu Santo, para protegernos y defendernos, por siempre. Para defendernos a capa y a espada de cada uno de sus ataques espirituales e inhumanos, hasta el fin, hasta que entremos de lleno a la presencia santa de nuestro Padre Celestial y de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, que está en su nuevo reino de los cielos, por ejemplo, como La Nueva Jerusalén Santa y Eterna. Es por esta razón, que nuestro Dios siempre nos ha dado primero de su Espíritu Santo, desde los primeros días del génesis de todas las cosas, en el paraíso y por toda la tierra, también, como génesis 1:3, por ejemplo. Para que entonces nosotros estemos saturados de sus muchos dones espirituales y poderes sobrenaturales, para derrotar una y otra vez y hasta el fin, a cada uno de los ataques y artimañas de Lucifer y de nuestros enemigos habituales, también, en el paraíso y en todos los lugares de la tierra, de nuestros tiempos y de siempre. Porque nosotros ya hemos vencido al maligno con todos sus males eternos, en la tierra y en el más allá también, si tan sólo creemos en nuestros corazones a su Hijo amado y así confesamos su nombre santo, delante de nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo, también, por ejemplo. Por eso, el cumplimiento de toda predicación del evangelio, de boca de los antiguos profetas, hombres y mujeres, ministros y siervos eternos, de Dios y de su Jesucristo, de nuestros tiempos y de siempre, por ejemplo, es de que si tan sólo hacemos la voluntad de Dios, en nuestros corazones y en nuestras almas vivientes, también, entonces no moriremos jamás. En realidad, viviremos por siempre para ver la vida y con sus muchas bendiciones celestiales del más allá, si tan sólo recibimos a su Hijo amado en nuestras vidas, para cumplir toda verdad y toda justicia infinita de su Ley Viviente, la Ley de Moisés y de la humanidad, la cual el Señor Jesucristo recibió en su día en Israel. Y, el Señor Jesucristo la recibió en su día de los israelíes, por ejemplo, por nacimiento santo, para cumplirla y honrarla eternamente y para siempre, no tanto en su vida, sino en la vida celestial de Adán y de cada uno de sus descendientes, en sus millares, por todos los lugares de la tierra, de nuestros días y de siempre. Porque sólo Jesucristo podía cumplir la Ley, en el corazón de Adán, si tan sólo le hubiese obedecido en sus primeros días de vida, en el paraíso, para que comiencen a ver la vida y no la muerte, como sucede hoy en día, en toda la tierra, en donde Jesucristo no es el Señor o salvador de muchos, desdichadamente. Por esta razón, es siempre muy apropiado honrar al Hijo amado de Dios en nuestros corazones, para que días buenos vengan por siempre a nuestras vidas, en la tierra y en el cielo, también, como en la nueva gran ciudad eterna del gran rey Mesías, el Santo de Israel y de la humanidad entera, ¡ el Señor Jesucristo! Porque sólo el Señor Jesucristo, el Árbol de vida y de salud eterna, es la obediencia perfecta de los corazones de los ángeles y así también de los corazones del hombre y de la mujer de fe, de su nombre glorioso, para Dios y para su Espíritu Santo, en toda la vida santa del reino de los cielos, para siempre. LA MISERICORDIA DE DIOS ES PARA LA ETERNIDAD Entonces la misericordia de nuestro Padre Celestial es desde la eternidad y hasta la eternidad, sobre los que le temen y aman a su Jesucristo de todo corazón; por ello, su justicia divina ha de ser por siempre sobre los hijos de sus hijos, sobre los que guardan su pacto y se acuerdan de sus mandamientos, para ponerlos por obra. Porque el espíritu de temor de su Hijo amado, en el corazón del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de toda la tierra, es lo que siempre ha movido a Dios a misericordia, desde siempre, desde los primeros días de la antigüedad y hasta nuestros tiempos, para amar y bendecir. Es decir, para bendecir y para redimir a cada uno de ellos, según sea su amor y su reverencia para con su Hijo amado, el Señor Jesucristo, en sus corazones y en su diario vivir por toda la tierra. Por lo tanto, la misericordia de Dios muere delante del hombre pecador o delante de la mujer pecadora, si es el nombre del Señor Jesucristo ya no vive en su corazón, ni se menciona en sus labios, por ejemplo. Esto fue precisamente lo que le ocurrió a Lucifer y a cada uno de sus ángeles caídos, por ejemplo, cuando vivían en paz con Dios y con su Espíritu Santo, en el reino de los cielos. Porque el nombre santo del Señor Jesucristo ya no estaba en ninguno de sus corazones, como en el principio o como desde los primeros días de su creación, por ejemplo, por la palabra de Dios, en el reino de los cielos, sino que ahora el nombre inicuo de Lucifer reinaba en ellos y en sus mentes perdidas, también. Por lo tanto, cuando Lucifer y sus seguidores pecaron, al tratar de exaltar su nombre inicuo, más alto que el hombre del Señor Jesucristo, en la tierra santa del reino de Dios, la cual ha conocido desde siempre, sólo del espíritu de amor y de lealtad del Árbol de la vida eterna, entonces Dios no quiso jamás perdonar su pecado. Dios realmente cerro su corazón para con cada uno de ellos, por culpa de su gran maldad eterna, de haber tratado de reemplazar en el cielo y en la tierra, también, un nombre tan santo y tan sublime, como lo ha sido (y lo ha de ser) por siempre, el nombre del Señor Jesucristo, por un nombre si amor alguno. Porque sólo en el nombre del Señor Jesucristo es que realmente hay verdad y justicia infinita, de grandes poderes y de majestuosas justicias sobrenaturales, para bendecir y para redimir a todo ser creado, por la palabra y por las manos de Dios, como los somos nosotros en toda la tierra, descendientes directos del paraíso, de Adán y Eva, por ejemplo. Por esta razón, Dios no quiso castigar eternamente y para siempre al pecado de Adán y de Eva, en el día que comieron del fruto prohibido del árbol de la ciencia, del bien y del mal, sino que Dios se mantuvo firme en su misericordia y les hablo con amor y con su justicia infinita, para que siguiesen viviendo. Amor y justicia sobrenatural, como la gracia salvadora e infinita de Dios, sólo posible en la vida gloriosa de su Árbol de vida eterna, su Hijo amado, el Señor Jesucristo, en el corazón del hombre y de la mujer penitente. Y cuando Dios le hablaba a Adán, en su ira, por haber hecho lo malo, al comer del fruto prohibido, entonces también vio en el corazón de Adán, de que él si amaba a su Árbol de vida eterna, su salvador, el Señor Jesucristo; y, por tanto, decidió perdonarlo, pero no pudo dejarlo sin su castigo justo ante Él mismo. Es decir, que Dios no fue tan fuerte en contra de Adán ni de ninguno de sus descendientes, como Eva, por ejemplo, en aquella hora de juicio en el paraíso, sino que se mantuvo firme en su amor y en su misericordia, para volverles a dar una oportunidad más, para ver la vida eterna, en su nuevo más allá celestial. Y éste nuevo más allá celestial que Dios ya tenia planeado en su corazón formarlo en el futuro, era la nueva ciudad celestial de su Árbol de vida eterna o de su gran rey Mesías, el Santo de Israel y de la humanidad entera, ¡el Señor Jesucristo! Porque en ésta ciudad infinita, con nuevas tierras y nuevos cielos, ha de ser para Dios manifestar su gran amor y misericordia eterna hacia cada uno de sus descendientes, comenzando con Adán, a quien amo primero, en el día de su formación, para luego traer a la vida eterna a sus hijos e hijas, de la nueva humanidad celestial. Y en ésta gran ciudad, de tierras y de cielos santísimos, Dios mismo manifestara en su día cada uno de sus frutos de su misericordia infinita, la cual siempre existido en su corazón, desde tiempos inmemoriales, como desde los primeros días de la eternidad, por ejemplo, si se pudiese decirlo así, cuando creaba su reino, junto con sus ángeles santísimos. Y estos frutos de la misericordia infinita de nuestro Padre Celestial han de ser muchos, como por ejemplo, nuestro Dios mismo nos ha de entregar mansiones con calles de oro, en donde hemos de vivir por los siglos de los siglos con él, gozando por siempre de la belleza infinita de su misericordia hacia cada uno de nosotros. Por tanto, viviremos con Dios, en estos nuevos lugares gloriosos, sólo con el propósito de honrarle y de exaltarle por siempre, por habernos perdonado nuestros pecados y transgresiones, para entonces entregarnos una salvación tan grande y tan gloriosa, que sólo su Árbol de vida eterna, la podía alcanzar para el corazón y para el alma viviente de todo hombre. Es decir, una salvación tan perfecta y tan honrada, únicamente alcanzada por la vida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo para el corazón y para el alma viviente de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, comenzando con Adán y Eva, por ejemplo, para su nueva vida infinita y su nuevo reino celestial, en el más allá. Y ésta misericordia infinita de Dios y de su Jesucristo ha llegado a nuestros corazones y a nuestras vidas, también, por amor a los antiguos, para que se cumpla en todos nosotros, de los que hemos recibido el nombre santo de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, cada una de sus buenas promesas celestiales, para gloria de su nombre santo. Promesas de bendición y de salvación eterna, que Dios mismo ha hecho hacia cada uno de todos nosotros, en todos los lugares de la tierra para que entonces entremos a su nueva vida infinita, en su nuevo reino celestial, sin ningún problema alguno, ni menos con el espíritu rebelde del pecado de Lucifer o de sus ángeles caídos. Porque en la nueva vida santa e infinita del nuevo reino de los cielos, cada uno de nosotros, en nuestros millares, de todas las naciones de la tierra, realmente ha de vivir en "la perfecta obediencia" de la Ley de Dios y de Moisés, cumplida y eternamente honrada en la vida gloriosa de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! EL MUNDO MUERE CON SUS COSAS, PERO SU VERDAD PERMANECE SIEMPRE Por lo tanto, habiendo dicho lo anterior, como el mundo está pasando y sus deseos, también; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre, en la tierra y en el paraíso. Es decir, de que después que se haya vivido, todo lo que se haya de vivir en la tierra, entonces sólo permanecerá la verdad y la justicia infinita, de Dios y de su gran rey Mesías, el Señor Jesucristo, en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de la nueva humanidad celestial. Y todo lo demás ha de seguir su curso de perdición eterna, sin Cristo y sin vida, en el más allá, como en el bajo mundo del infierno o aun peor la segunda muerte final para todo ser que haya vivido, en el cielo o en la tierra, sin haber jamás recibido el nombre del Señor Jesucristo en su corazón. Y esto es muy doloroso para nuestro Dios, porque muchos se han de perder eternamente y para siempre, en el más allá, por no haber amado y obedecido al Señor Jesucristo en sus corazones, ni por haber besado su nombre santo con sus corazones y con sus labios, por ejemplo. Algo que, por cierto, Dios siempre esperaba de Adán y de Eva, en el paraíso, por ejemplo, pero no lo hicieron, por culpa de unas pocas palabras mentirosas en contra de Él, su único redentor de sus almas viviente, en el paraíso. (Porque Adán y cada uno de sus descendientes, en sus millares, en toda la creación, como Eva, por ejemplo, tenia que ser redimido por el Árbol de la vida eterna, el Señor Jesucristo, aunque estuviese viviendo con su Dios y Fundador de su vida celestial, en el paraíso del reino de los cielos.) Y como Adán ni Eva lo hizo, en el día que Dios los llamo para que lo hiciesen así, entonces tuvieron que morir en sus pecados ante él y ante sus huestes celestiales del reino, hasta que finalmente besaron al Árbol de la vida, con sus mismos cuerpos, secos y sin vida, sobre la cima de la roca eterna. Por eso, mi estimado hermano y mi estimada hermana, el llamado de nuestro Padre Celestial ha sido para ti, desde los primeros días de la antigüedad, mucho antes que fueses formado en sus manos santas, en su imagen y conforme a su semejanza celestial, para que le obedezcas sólo a él, en su Jesucristo. (Porque te aseguro que si aun vivieses en el paraíso tu vida celestial, aun así tendrías que "comer y beber" del Árbol de tu vida eterna, el Señor Jesucristo, para que entonces puedas seguir viviendo tu vida normal, en el paraíso o en el reino de los cielos, por ejemplo, o hasta en la tierra, de nuestros días, también.) Porque todo aquel que cree en Jesucristo, entonces también le está creyendo verdaderamente a Él, al Dios y Fundador del cielo y de la tierra, para bendición y para salvación, en la tierra y en su nueva eternidad venidera, de su nuevo reino celestial, en el más allá de su Espíritu Santo y de su humanidad infinita, redimida por sangre. Por eso, sin esperar más, es mejor obedecer a Dios, por medio de su Jesucristo, antes que obedecer al hombre pecador o a la mujer pecadora, de toda la tierra, para no caer en pecado mortal ante Dios y ante su Espíritu Santo, por ejemplo, en nuestros corazones y en nuestras vidas por la tierra. Porque en el hombre no hay verdad ni justicia alguna en su corazón ni en toda su vida, por más honorable que sea o por más santa que sea, como Adán o los ángeles, a no ser que se arrepienta de su pecado y reciba al Señor Jesucristo, para que entonces pueda comenzar a vivir la vida eterna. Es decir, para que entonces comience a existir vida en abundancia en todo su ser, para gloria y para honra infinita de nuestro Padre Celestial que está en los cielos. Ya que, nuestro Dios se glorifica y se siente muy honrado en su corazón sagrado, cuando ve que el corazón del hombre tiene vida, la vida sagrada de su Jesucristo, para seguirla viviendo eternamente y por siempre, desde sus días de vida por la tierra y hasta entrar de lleno en su nuevo lugar eterno, en el reino de los cielos. Por lo tanto, todas las cosas han de pasar, como el pecado, para no volverlos a ver ni oír jamás, sino que sólo ha de seguir el curso de la vida infinita, de Dios y de su Árbol de vida eterna. Y de estos han de ser, en sus millares, de todos los descendientes de Adán, sólo de los que hayan honrado a su Dios en sus corazones y en sus vidas: al recibir al Señor Jesucristo, como su único y suficiente salvador de sus vidas, para siempre. Porque en el reino celestial, como en la nueva ciudad de Dios y de su gran rey Mesías, La Jerusalén Infinita, sólo existirá eternamente el espíritu y la vida obediente a Dios, a su Ley y a su fruto de vida eterna, Jesucristo, en el corazón de cada ángel, hombre, mujer, niño y niña, redimido por su fe, en Cristo. CONOCEREMOS A DIOS, SI TAN SÓLO HONRAMOS SUS MANDAMIENTOS Pues en esto sabemos muy bien, que nosotros le hemos conocido a nuestro Padre Celestial: en que guardamos sus mandamientos, en lo profundo de nuestros corazones, al retener con gran amor extraordinario e increíble: el nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Porque el Señor Jesucristo es "la obediencia perfecta al cumplimiento y a la honra más sublime de la Ley de Dios", en el corazón de Dios, de su Espíritu Santo, de sus ángeles y de todo hombre, mujer, niño y niña, de la humanidad entera. Por lo tanto, el que dice: "Yo le conozco" y no guarda las palabras de su Ley Bendita, entonces se miente a sí mismo; y, por ello, la verdad, de ninguna manera está en su corazón o en ningún lugar de su vida en Él o en ella, por ejemplo. Pero en el que guarda su palabra, honrado la Ley con el nombre de Jesucristo en su corazón, entonces en éste verdaderamente el amor de Dios ha sido perfeccionado, para comenzar a vivir la vida eterna delante de su Padre Celestial y de sus huestes de ángeles santos, en la tierra y en el reino del cielo, también, para siempre. Por esto, sabemos que estamos en Él, por la obediencia perfecta a su Ley Santa, quien es su Hijo amado, vive en nuestros corazones y en nuestras almas vivientes, hoy en día y por siempre, en la eternidad venidera de su nuevo reino celestial. Por esta razón, el que dice que cree en Él, entonces debe caminar por la tierra, como Él caminó, con el nombre de Dios en su corazón, para que las bendiciones celestiales y terrenales, no sólo sobreabunden en su vida, sino también en la de los demás, como a los suyos y amistades en general. Puesto que, Dios desea que su bendición, de perdón y de vida eterna, llegue al corazón de todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, sin jamás hacer excepción de persona alguna. Porque su nuevo reino celestial está compuesto para todo ángel y todo hombre, mujer, niño y niña, fiel a Él, su Dios y Creador, por medio de la vida y de la gran obra sobrenatural de su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Obra extraordinaria, con derramamiento de sangre santa, la cual lleva acabo Dios mismo con la vida de su único Hijo, en cumplimiento a la profecía de Abraham e Isaac, su hijo, sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en Israel, para establecer de una vez por todas y para siempre: la obediencia eterna a Dios. Y esta obediencia sobrenatural a Dios, por medio del holocausto de la sangre santa, de su Hijo amado, ha sido para no sólo ponerle fin al pecado y a la rebelión, sino para hacer de todo hombre, mujer, niño y niña, "obediente a su Dios y a su Árbol de vida infinita", ¡el Señor Jesucristo! Por lo tanto, el que tiene al Señor Jesucristo en su corazón y así lo confiesa con sus labios, entonces el espíritu de amor de Dios está en él o en ella, para seguir viviendo su vida, en la tierra y en el más allá, también. Como en su nuevo lugar del reino de Dios, por ejemplo, como la ciudad santa del gran rey Mesías, la Jerusalén Gloriosa, en donde sólo el amor a la Ley ha de vivir en el corazón de los ángeles y de los hombres y mujeres de la humanidad entera, para agradar a Dios por siempre, en su nueva vida celestial. Porque la verdad es que el que no ama a la Ley de Dios y de Moisés en su corazón, entonces no podrá jamás amar a Jesucristo, ni a su Espíritu Santo, delante de nuestro Padre Celestial, en la tierra, ni menos en el paraíso o en el nuevo reino de los cielos. Y este fue el pecado de Adán y Eva, en el cielo, por ejemplo, ante Dios y sus huestes celestiales. Porque el que no tiene el amor a la palabra de la Ley, cumplida en su corazón y en toda su alma viviente, también, entonces no podrá jamás tener en su espíritu humano: el verdadero espíritu de amor, para amar por siempre a Dios y a todas sus cosas, de su nueva ciudad celestial e infinita del cielo, por ejemplo. Y esto es muerte eterna, para aquel pecador o para aquella pecadora ante los ojos de nuestro Padre Celestial que sentado en su trono santo, siempre esperando que todo hombre, mujer, niño y niño, se llene su vida del espíritu obediente de la vida misma de su Jesucristo, como es el caso en los ángeles celestiales, de su reino eterno. Porque Dios jamás ha deseado la muerte de nadie, ni de ángel ni de hombre, sino la vida celestial e infinita de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, el único Árbol de vida para el corazón y para el alma viviente de todo ángel, de todo hombre y de toda mujer fiel, a su palabra y a su nombre santo. OBEDECER A JESÚS, PARA DIOS ES MEJOR QUE TODOS LOS SACRIFICIOS Es por esta razón, que Samuel, por ejemplo, en su día preguntó francamente al pueblo de Dios: --¿Se complace tanto nuestro Padre Celestial en los holocaustos y en los sacrificios de sus manos, como en que la palabra de su corazón y de su Ley, sean obedecidas por todos? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios de la humanidad entera, y el prestar atención a su palabra y a su nombre santo, es mejor que las delicias de los carneros de los holocaustos de día y noche, les aseguraba Samuel a los hebreos. Porque todo sacrificio o holocausto de las manos de los hombres, si no es honrada en la vida gloriosa del "Cordero Escogido de Dios y de Moisés", antes o después del supremo sacrificio del Señor Jesucristo, sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en Israel, entonces no tiene ningún valor, en la vida del hombre. En verdad, es totalmente imposible que tenga algún valor espiritual para Dios, el sacrificio del hombre, sin la sangre del "Cordero Escogido de Dios", el Señor Jesucristo, en la tierra, ni menos en el reino de los cielos, para bendecir y salvaguardar su alma viviente de todo hombre de la tierra, de hoy en día y de siempre, por ejemplo. Visto que, en los días de la antigüedad, los sacrificios de ovejas, corderos, vacas y demás animales escogidos especialmente para los holocaustos diarios a Dios sobre su altar, eran santificados, no sólo por honrar y obedecer a la palabra de Dios, sino por su nombre y por la vida misma del gran "Cordero Celestial", el Hijo de David, el Cristo. Porque lo que "verdaderamente santificaba los miles de sacrificios", que Israel le ofrecía a Dios día y noche, de manos de sus familias hebreas, era la presencia gloriosa del gran rey Mesías, el Santo de Israel y de la humanidad entera, ¡el Señor Jesucristo!; y Israel vivía día y noche por ésta gran bendición sobrenatural en la vida de sus gentíos. Por lo tanto, Dios veía con gran agrado de su corazón, a cada uno de los sacrificios de Israel, para alcanzar el perdón de sus pecados y para recibir todas sus bendiciones que necesitaban en sus vidas, para seguir caminando victoriosos sobre sus enemigos por el desierto, hasta entrar a la nueva vida mesiánica, de la tierra escogida de Canaán. Porque la verdad es que si Israel no hubiese comenzado a ofrecer sus sacrificios a su Dios y Fundador de sus familias, en la tierra de su cautividad, Egipto, o por su camino a la tierra prometida de Israel, por el desierto, entonces jamás hubiesen llegado a existir, como nación, hasta el día de hoy, por ejemplo. Pero gracias a Dios y a cada uno de los sacrificios de los corderos y de los carneros de las manadas de Israel, sobre el altar de Dios, en el nombre glorioso del gran rey Mesías, el Santo de Israel, entonces hoy en día viven para alcanzar la bendición y la vida eterna del Fundador de su nación eterna. Y es por ésta fe sobrenatural, de los millares de sacrificios que los hebreos ejecutaron, comenzando con el de Moisés, en Egipto y por su desierto, por ejemplo, para obedecer al llamado de Dios, para que se cumpla su voluntad perfecta en cada uno de ellos, para vida y salud eterna, no sólo para Israel, sino para la humanidad entera. Y esta voluntad perfecta de Dios, para con cada uno de los hebreos y de las hebras y así también para todas las familias del mundo entero, fue de que su Hijo amado llegase a ser una gran realidad en sus corazones y en sus vidas, también, para que sus pecados les sean perdonados y no mueran jamás. Porque sin el primer sacrificio de Moisés, por ejemplo, en la tierra de Egipto, entonces los hebreos hubiesen seguido viviendo en las profundas tinieblas de sus pecados, para luego morir en las manos de sus enemigos, para perderse definitivamente entre las tinieblas del más allá, sin Cristo y sin esperanza de vida eterna en sus corazones, para siempre. Y Dios no quería éste terrible mal para Israel, ni para ningún hombre o mujer de la humanidad entera, sino todo lo contrario. Dios quería que todos ellos fuesen perdonados de sus pecados, por el sacrificio perfecto de la sangre gloriosa de su Jesucristo, sobre su altar celestial de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en su tierra escogida, para ponerle fin al pecado de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la humanidad entera, comenzando con Israel. Entonces Israel se libro del mal eterno, de sus enemigos antiguos, por ejemplo, porque Moisés oyó la voz de aquel que le hablaba desde la zarza que ardía sobre el Sinaí y le obedeció; le obedeció de corazón y a ciegas también, sin saber nada de él, hasta que el Espíritu de Dios se lo manifestase a su vida. Y por ésta obediencia a la voz de aquel que le hablaba de entre el fuego de la zarza que ardía, pero no hacia daño alguno a nada ni a nadie, entonces Moisés pudo proféticamente, hasta cierto grado espiritual, finalizar el primer sacrificio, como el de Abraham y de Isaac sobre el Moriah, por ejemplo, para complacer a Dios. Y sólo así entonces abrir las puertas de la libertad para Israel en Egipto y por su desierto candente y sumamente peligroso para toda vida humana, hasta que por fin entren en la tierra prometida de Canaán, Israel. Para que en los días posteriores ver cara a cara, aquel que le había hablado a Moisés, desde la zarza y el fuego: Sólo liberación eterna para sus almas sufridas bajo el yugo de sus verdugos eternos, para que caminasen por el desierto en contra de la voluntad, de Lucifer y de sus enemigos eternos. Enemigos que lucharon con sus ejércitos en contra de Israel día y noche, para que no llegasen a la tierra prometida y se encontrasen con su Árbol de vida eterna, el Hijo de David, el gran rey Mesías de sus vidas y de la vida eterna del más allá, de la nueva ciudad celestial, La Gran Jerusalén Santa e Infinita. Entonces tanto como Moisés y como Israel en general, obedecieron a la voz del Señor Jesucristo, cuando les hablaba desde la zarza ardiente sobre el Sinaí, y sólo entonces comenzaron a ser hechos libres de sus pecados y de sus condenas eternas, también, para comenzar a ver la vida paradisíaca, en la tierra y en la Jerusalén Celestial, también. Y esto es lo mismo que hoy en día, cada uno de nosotros, en todos los lugares de la tierra, tiene que hacer para comenzar a obedecer, a la voz de Dios, que se levanto para entrar al corazón de Moisés y de todo hombre de la humanidad entera, desde la zarza que ardía sobre la cima del Sinaí. La zarza que ardía con fuego celestial, que no quemaba nada en su derredor, pero si nuestros pecados y sus muchas tinieblas, para trasladarnos de la tierra de la muerte, a la tierra de la luz más brillante que el sol y llena de vida eterna del Árbol de la vida, el Señor Jesucristo, el único posible salvador del mundo. DE LARGA VIDA SON LOS QUE AMAN LA LEY, DE DIOS Y DE SU JESUCRISTO Por esta razón, mi estimado hermano y mi estimada hermana, no te olvides jamás de la palabra y del nombre bendito del Señor Jesucristo en tu corazón; y, además, esconde en tu corazón también los mandamientos sagrados de la vida eterna de la Ley viviente, del reino de los cielos. Porque abundancia de días y años de vida y bienestar te serán aumentada por su espíritu de vida y de salud eterna en la tierra, así como en el cielo con sus ángeles, pues así también contigo y con los tuyos, si tan sólo le eres fiel a sus decretos en tu corazón y en toda tu alma viviente. Por cuanto, la instrucción de nuestro Padre Celestial para nuestras vidas es realmente más vida y vida en abundancia con muchas si no todas sus bendiciones en la tierra, mucho antes de entrar a la tierra santa de la nueva vida infinita, del nuevo reino de los cielos, por ejemplo. Porque Dios ama eternamente y para siempre a todo aquel que honra el nombre sagrado de su Hijo amado, en su corazón. Y de él, Dios jamás se ha de olvidar, sino que siempre lo ha de tener en su pensamiento, no para juicio o mal alguno, sino para bien de su vida y de los suyos, en todos los lugares de la tierra y hasta en el más allá de la muerte, también. Porque de ellos es el reino de los cielos, con todas sus más ricas y gloriosas riquezas, de su vida santa y de la vida honrada de su Árbol de vida eterna, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! En vista de que, todo aquel que ama a su Hijo amado, entonces significa que también lo ha de amar a él con su Ley Bendita, en su corazón y en todos los días de su vida, por la tierra y en su nuevo lugar eterno, en el reino de los cielos. Por lo tanto, la palabra de la Ley de Dios, en el corazón de aquel hombre o mujer, del espíritu de la fe, del nombre del Señor Jesucristo siempre ha de ser bendecido, con todos los suyos día y noche por su Dios y Creador de su vida, en la tierra y en el cielo, también, para siempre. Ya que, los que aman a Dios y a su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, entonces la Ley también les ha de amar por siempre, para bendecirlos, para protegerlos y para entregarles sus más ricos dones sobrenaturales, de la palabra de su Espíritu de vida eterna, en la tierra y en el paraíso, también, por siempre. Es por eso, que para Dios un hombre, mujer, niño o niña de toda la humanidad entera, que ame a su Jesucristo en su corazón, entonces ha de ser amado y por siempre bendecido, también, por Él mismo y por cada mandamiento de la Ley Viviente de Moisés y de Israel, en esta vida y en la venidera. Pero los que no aman a Dios, ha de ser porque no pueden amar a su Jesucristo ni a su palabra viviente, la Ley Eterna y perfecta de la vida santa del reino de los cielos, para todo hombre, mujer, niño niña y ángel del espíritu de fe, del nombre sagrado de su bendición infinita, ¡el Señor Jesucristo! Y todo aquel que no ame a su Padre Celestial que esta en los cielos, entonces no podrá jamás ver la vida eterna de su Árbol de vida, el Señor Jesucristo, sino que la perdición perpetua, del mundo bajo del infierno lo espera, como siempre, para recibirlo y jamás dejarlo escapar su castigo eterno, en el más allá. Realmente, el alma perdida, de todo pecador y pecadora de la tierra, ha de sufrir tormentos eternos, en su corazón y en su alma viviente, porque pudiendo haber recibido en su corazón a su salvador infinito, entonces no lo hizo, sino que lo rechazo, como Adán lo hizo por engaño de Lucifer, en su día de rebelión, en el paraíso. Es por eso, que hoy en día, como en los días de la antigüedad, por ejemplo, Dios ha estado llamando a todo hombre, mujer, niño y niña, que se mantenga firme en el don del perdón de sus pecados y de la salvación infinita de Dios y de su Ley Bendita. Para que entonces cuando le llegue el día y la hora de ver a su salvador eterno cara a cara, como los antiguos profetas, apóstoles y discípulos le vieron en el día de su manifestación, en la tierra de Israel, por ejemplo, entonces sea así en aquel día, sin más demora alguna. En verdad, cada uno de los fieles, al nombre del Señor Jesucristo y a la Ley Infinita de Dios en su corazón, le ha de ver por fin, tal como siempre ha sido Él, desde mucho antes de la fundación del cielo y de la tierra y de todo ser viviente sobre ella, el Señor Jesucristo. Porque ciertamente abundancia de vida y de salud infinita ha de vivir todo aquel que ame a su Dios y a su Ley Bendita, en la vida sagrada de su Árbol de vida, en el paraíso o en la tierra de nuestros tiempos, por ejemplo, para alcanzar mayores glorias y honras de la nueva vida celestial del reino de Dios. Y ésta nueva vida eterna de Dios y de sus huestes celestiales, en el más allá del nuevo reino infinito, es de cada uno de nosotros, también, si tan sólo le somos fieles a su Ley Bendita, cumplida y sumamente honrada, en la vida y en la sangre de nuestro salvador Jesucristo, el Santo de Israel y de las naciones. Entonces si amas a Dios, ha de ser porque amas a su Ley cumplida y eternamente honrada en su Árbol de vida, en el paraíso, en las afueras de Jerusalén, en Israel, sobre la cima de la roca eterna y de nuevo en las alturas de su nuevo reino celestial, de su nueva eternidad venidera, La Gran Jerusalén Celestial. Porque la verdad celestial es, que si no amas a su Ley, entonces jamás amaras a su Jesucristo, quien la vivió, la cumplió y la honro para gloria de Dios y para vida y salud eterna, de todo ángel del cielo, hombre, mujer, niño y niña, de la humanidad entera, por ejemplo, de hoy y de siempre, en el cielo. AMAR A CRISTO ES AMAR A DIOS / SEGUIR A CRISTO ES SEGUIR A DIOS En verdad, el que no puede amar a la Ley de Dios y de su Espíritu de vida eterna, tampoco podrá amar a Jesucristo, en la tierra ni menos en el más allá, como en el nuevo reino de los cielos o el paraíso celestial, por ejemplo. Y el que no ama a Jesucristo, no podrá amar a su Dios y Creador de su vida, por más que lo desee hacer así en su corazón y en su vida de otra forma extraña a toda verdad y a toda justicia celestial. Pues desgraciadamente, aquel hombre pecador está en profundas tinieblas con su corazón perdido, en el espíritu de las palabras mentirosas de Lucifer, en la tierra y en el infierno, para siempre, para jamás volver a tener la oportunidad de obedecer a Dios y ver la vida eterna de su Árbol de vida, el Señor Jesucristo. Y Dios desea salvar su alma a como de lugar, sólo si recibe en su corazón, por el espíritu de fe, y de la invocación de su nombre santo, al Señor Jesucristo, para que sus pecados les sean borrados y perdonada su alma de todo mal, en la tierra y en el paraíso, también, para siempre. Es por eso, que para Dios el Señor Jesucristo es la esencia, la fragancia, de su perfecta voluntad en el corazón y en la vida de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, comenzando con la Casa de Israel, por ejemplo. Porque Dios comenzó la bendición del perdón y la salvación del alma del hombre, con la sangre de su Cordero Escogido y con las tablas de su Ley, en las manos de Moisés, por ejemplo, para levantar la vida sagrada de su Hijo, en el corazón de cada uno de sus hijos y de sus hijas, en toda la tierra. Y es por eso, que la palabra de Jesucristo ha llegado a cada uno de nosotros, de una manera u otra, a tiempo y fuera de tiempo, y hasta como de lugar, también y sin cesar, para despertarnos a la gran bendición, de la obediencia perfecta e infinita de Dios, la cual sólo es posible en nuestros corazones con Jesucristo. Y el Señor Jesucristo está vivo en el reino de los cielos, sentado por siempre a la diestra de nuestro Padre Celestial, porque al Tercer Día resucito de entre los muertos, para darnos vida y vida en abundancia, en la tierra y en el paraíso, también, hoy en día y por siempre, para la eternidad venidera. Y esto es, hoy en día, vida nueva e infinita de su nuevo amanecer, de nuestros corazones y de nuestras almas vivientes, también, en la gran ciudad celestial, como La Nueva Jerusalén Santa y Eterna del reino de los cielos, del gran rey Mesías, el Señor Jesucristo, por ejemplo. Por eso, es que el Señor Jesucristo siempre les dijo a los israelíes, por ejemplo, en sus días de predicación del evangelio, en Israel: Todo aquel que hace la voluntad de mi Padre Celestial que está en los cielos, entonces ese es mi hermano, mi hermana y hasta mi misma madre, también, en la tierra y en el cielo, para siempre. Entonces si el Señor Jesucristo está en tu vida, no temas por ninguna razón, ni por ningún mal del enemigo terrenal y del más allá, también, porque Dios te ama mucho con su amor eterno y nunca jamás te abandonara, en esta vida ni en la venidera, para siempre. Porque ser el hermano o la hermana o la madre del Señor Jesucristo, para Dios es lo mismo que estar amándolo a Él mismo, el Señor Jesucristo, y no a otro extraño, en su corazón santo y todos los días de su vida santa, en el reino de los cielos. Y esto ha de ser contigo mismo, como en los días de la antigüedad, o como desde siempre Dios ha amado a su Hijo Santo, en gran manera espiritual, pues así ha de ser contigo en todos tus días, si tan sólo le eres fiel a Él, el que ama tu alma, con todo el amor de su corazón viviente. Es más, esto es un misterio sobrenatural: El amor de la vida de nuestro Padre Celestial, el Todopoderoso del cielo y de la tierra, que siente por ti, como su único y perfecto amor de su corazón, para siempre; y no te ha de abandonar jamás, por ninguna razón del mundo o del paraíso, como sucedió con Adán y Eva. Esto es algo que Dios mismo siempre se lo demostró al hombre a través de los tiempos, para que le conozcan a él, tal como él siempre ha sido para con sus ángeles y para con cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, comenzando con Adán y Eva, en sus vidas celestiales del paraíso, por ejemplo. Con esto te estoy aclarando, que el amor de Dios para ti, no es nada nuevo, comenzó millares de años atrás, a través desde los primeros días de la antigüedad, mucho antes de haber creado el reino de los cielos, el paraíso y toda la tierra, de nuestros días, por ejemplo. Y el día, cuando realmente Dios demostró su amor por ti, como único y muy de él, por ejemplo, fue cuando se entrega totalmente al sacrificio perfecto, para redimir tu alma de los poderes del pecado y de su ángel de la muerte, en la tierra y en el más allá, como en el infierno y el lago de fuego. En éste día histórico para Dios y para la humanidad entera, el Señor Jesucristo en obediencia suprema a la perfecta voluntad de Dios, entonces entrega toda su sangre para entregártela a ti, sólo llena de vida infinita y de sus muchas bendiciones sobrenaturales, de la tierra santa del reino de los cielos y de sus huestes de ángeles santos. Para que en el futuro no muy lejano, por cierto, entonces puedas entrar tú también junto con los tuyos a la vida celestial, por la cual Dios te ha formado en sus manos santas y te ha llamado de las profundas tinieblas a su luz más resplandeciente que el sol de nuestro cosmos, por ejemplo. Para que entonces ya no veas tu vida en las tinieblas de siempre de Lucifer y de sus partidarios, sino que veas tu nueva vida, en la luz viviente de tu salvador eterno, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Dado que, Dios no te ha llamado a la vida de la tierra, a que seas esclavo de nadie, sino sólo fiel a su verdad y a su justicia infinita, las cuales se encuentran en la vida y en el nombre santo de su Jesucristo, por ejemplo, en tu corazón y en toda tu alma viviente, también. Porque la verdad es que todo aquel que se entrega para obedecerle, entonces esclavo es para aquella persona (o personas), que quizás no ame a Dios ni tenga el temor de su nombre santo viviendo en su corazón, por ejemplo. Porque los que se hacen siervos de gentes impías, por voluntad propia, entonces han rechazado al dador de la vida eterna, al Señor Jesucristo, para maldición y perdición infinita de sus vidas, en el infierno. Es por eso, que es muy bueno que el hombre siempre ame a su Jesucristo en su corazón, para honrar y alegrar el corazón santo de Dios que está en los cielos; es decir, vivir por siempre feliz, sin jamás abandonar a Jesucristo por ninguna razón, en su corazón o en su vida, por más justificable que sea, esa razón. Porque además de ser obediencia perfecta el Señor Jesucristo para Dios, desde el corazón del hombre para obedecerle y cumplir su palabra y voluntad infinita en su vida, pues también es nuestro salvador eterno "justicia inagotable", en la tierra y para la eternidad, en el nuevo reino de los cielos, para ángeles, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera. Por lo tanto, el resumen de toda exposición de la palabra de vida, del evangelio de nuestro gran rey Mesías, el Hijo de David, el Cristo Rey de Israel y de las naciones, es de temer a nuestro Padre Celestial de todo corazón, guardando por siempre sus mandamientos y su nombre bendito en nuestros espíritus humanos y en nuestras vidas. Amén, así sea contigo y con los tuyos, mi estimado hermano y mi estimada hermana, "la única obediencia posible y perfecta de nuestro Padre Celestial, el Señor Jesucristo, viviendo en tu corazón por siempre", en la tierra y en el nuevo reino de los cielos. El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo es contigo. ¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre! Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el Señor Jesucristo. LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en tu vida de acuerdo, a la voluntad perfecta del Padre Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a la ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos también, en la eternidad del reino de Dios. Porque en el reino de Dios su ley santa es de día en día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa del más allá, también, en el reino santo de Dios y de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las naciones! SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del reino de los cielos: PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí". SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos". TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano". CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y lo santificó". QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da". SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio". SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio". OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás". NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de tu prójimo". DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo". Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y deshazte de todos estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas familias, por toda la tierra. Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras almas: ORACIÓN DEL PERDÓN Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por todos los siglos. Amén. Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas. Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ". Juan 14: NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR. ¡CONFÍA EN JESÚS HOY! MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY. - Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y su MUERTE. Disponte a dejar el pecado (arrepiéntete): Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA. QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR. ¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____? ¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____? Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora: Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de Cristo a los demás. Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender mas de Jesús y su palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia, para ver que clase de libros está a tu disposición, para que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios. Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre. El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre. El libro de salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y como siempre, por la eternidad. http://www.supercadenacristiana.com/...yertype=wm%20% 20/// http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx http://radioalerta.com |
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